Y el pueblo dijo No

Por Constanza Moreira. Este domingo, en Grecia, el pueblo dijo NO. No a las condiciones de avasallamiento impuestas por la Troika, no a la política de “austeridad” que recae sobre los más vulnerables, no a las condiciones leoninas de acreedores que, so pretexto de dar consejos sobre cómo pagar deudas, asfixian y estrangulan a economías periféricas, dependientes, y subsidiarias.

No a negociadores que no negocian y sólo imponen. No a bibliotecas hace tiempo caducas y perimidas que pregonan ajustes y multiplican desigualdades. No a la obscenidad con la que se elige recortar pensiones, salarios y gasto social, pero se pone el grito en el cielo si los recortes van a las grandes fortunas o a los empresarios gananciosos. Si el ajuste lo paga el pueblo, se dirá: ¿y quién más lo va a pagar? Pero si se pretende que el equilibrio económico se consiga con el “sacrificio” de los empresarios y las clases adineradas, se objetará: ¡pero no podemos imponerle condiciones a los empresarios que son los que generan la riqueza! Y otra vez volvemos a la misma historia desde el comienzo de los tiempos: el crecimiento económico lo generan los hombres y mujeres con su trabajo, no los “empresarios”. Es el trabajo la fuente de todo valor. Y cuando el modelo de acumulación vuelve al trabajo obsoleto y a la gente prescindible, cuando el sistema financiero deja de estar al servicio de la producción y se transforma él mismo en la fuente de toda riqueza, cuando los políticos dejan de tomar decisiones con sus pueblos y se rigen por las normas emanadas de un poder “central” opaco, distante e incomprensible, el modelo no existe. No existe al menos como perspectiva y proyecto civilizatorio.

Las elecciones en Grecia de este pasado domingo vuelven a evidenciar, en forma dramática, la contradicción entre política democrática y economía capitalista. A contrapelo de lo que tantos sostuvieron, durante tantos años -particularmente la “academia” americana, y especialmente durante la guerra fría- la democracia no sólo no es la forma política del capitalismo, sino que más bien, lo enfrenta.

Y lo enfrenta, porque como lo está demostrando Grecia, las decisiones sobre un desarrollo autónomo, sustentable y equitativo, sólo pueden ser tomadas por los pueblos para el beneficio de sí mismos, mientras que el capitalismo es un modo de producción basado en la capacidad de extraer ganancia de los pocos que acumulan activos y poder, e imponen sus condiciones al mundo entero.

El capitalismo concentra, la democracia distribuye. Cualquier democracia donde los ciudadanos deciden, tomará decisiones distributivas. Y si para eso tiene que enfrentar al capitalismo, se producirá, como en este caso en Grecia, una lucha espectacular entre economía (capitalista) y política (democrática).

Este domingo ganó la política. Y aunque en la cancha donde se juegan los poderes del mundo, la decisión griega será leída como apenas una bravata de pueblo chico, y aunque algunos tensen la cuerda para que Grecia salga de la zona euro, y sea despreciada y alejada de la comunidad -con lo cual se habrá propinado un “castigo ejemplarizante” para que nadie ose jamás nunca desafiar al poder constituido de acreedores, bancos y países “dominantes”-, no escuchar lo que dijo Grecia este domingo, es un gran error. Un gran error que hará tambalearse, a la larga, a todo el edificio de la Comunidad Europea, y mostrará para el mundo, la peor cara de un proyecto de integración regional: haber dejado de ser una federación de países mancomunados por un objetivo común, y ser sólo un conjunto de satélites que giran en torno a las órdenes de un conjunto de entidades extrapolíticas, dominadas por los bancos. Y a la larga, el propio sistema financiero perderá credibilidad, y será atacado por sus efectos nefastos sobre la democracia. Y en la democracia y en la economía, las creencias importan. Son las que sostienen al mundo. Así que hay que escuchar lo que Grecia dijo este domingo. Dijo NO. Dijo: así no se hace. Dijo: hay que buscar otro camino.

Este pasado domingo, la elección de Syriza de someter a un referéndum su propia legitimidad, me hizo recordar a Bolivia, cuando el gobierno de Evo Morales subió la apuesta y se sometió a un referéndum revocatorio de mandato, con riesgo de perder. Eran otras circunstancias; la lucha interna que las provincias de la “media luna” daban contra el gobierno de Evo todos los días tenía al país al borde del colapso. Algunos se relamían diciendo: “Bolivia es una Estado ‘fallido'”. Y con eso, ya estaban todos los pretextos dados para “intervenir”. Peo no fue así. Evo arriesgó, jugó y salió infinitamente más fortalecido. Syriza también sale fortalecido de las urnas. Porque someterse al escrutinio del pueblo es para izquierdas audaces, que se templan en la democracia directa para enfrentar a enemigos que de democráticos, tienen más bien poco.

La decisión de Grecia, tiene sobrados antecedentes en su propio país y en el mundo. Las medidas de austeridad impuestas en Grecia sólo estrangularon su economía: reducir el déficit asfixiando la economía es un sinsentido tan grande que sólo puede entenderse a la luz de los intereses que operan para que los países permanezcan empobrecidos, dependientes y humillados. Se llama colonialismo, y aún existe. Se llama imperialismo, y aún existe. Se llama capitalismo, y estamos en pleno proceso de despliegue de todas sus contradicciones.

Por aquí, en América Latina, ya conocemos esas experiencias. Las vivimos durante la década de los 90. El entonces llamado “Consenso de Washington” también era, como la Troika, un conjunto de medidas destinadas a “sanear” nuestras economías para pagar la gigantesca deuda contraída durante la “década perdida” de los 80, monitoreadas por el FMI. El Consenso de Washington contribuyó a desmantelar el Estado, a mercantilizarlo todo, a privatizar todas las actividades estratégicas que le dan a una nación soberanía, a marginar generaciones enteras del mundo del trabajo, y nos dejó un legado de desigualdad y pobreza del que aún no conseguimos salir.

Ahora, las izquierdas latinoamericanas se enfrentan a una perspectiva económica menos auspiciosa que la de la última “década ganada”. En Uruguay, las previsiones arrojan un panorama donde será necesario no predicar sino practicar austeridad. Pero deberemos enfrentarlos con otras bibliotecas. Una en la que respondamos al panorama económico restrictivo, con una política positiva, de estímulo a la actividad económica. Una biblioteca donde la inversión pública sea parte de la respuesta y donde las empresas públicas sean parte de la solución. Una biblioteca que tenga en cuenta que en tiempos de austeridad debemos exigir más de aquellos que más pueden (las empresas trasnacionales beneficiadas con exoneraciones que no necesitan) para poder proteger a quienes más lo requieren (las pequeñas y medianas empresas nacionales, los desempleados, las cooperativas, la economía social). Una biblioteca que sea capaz, en un país pequeño, de encontrar soluciones a medida para la escala de cada problema.

Esta biblioteca la estamos escribiendo ahora. Y en medio de los griteríos sobre el déficit de Ancap, que muestran a la oposición siempre enfrentada al Estado y a lo público, en medio del debate sobre Antel-Arena, que para nosotros es un ejemplo de inversión pública que no debe ser concebida como “gasto”, puesto que contribuirá como estímulo positivo a mostrar que hacemos otras cosas en tiempos de austeridad, debemos recordarnos que la democracia es eso: discutir sobre la mejor política posible. Pensar en voz alta. Generar debate. Que la oposición no se engañe sobre la altura de nuestras diferencias. Aquí, en Uruguay, pensamos en voz alta. Y debatimos. Y lo cuestionamos todo. Porque aquí también, como en Grecia, la política importa. Y será la que decida, sobre el rumbo a seguir.

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