¡Viva el presidente!

gerardo soteloPor Gerardo Sotelo. “Quiten el derecho a decir ‘joder’ y estarán quitando el derecho a decir ‘gobierno jodedor'”. La frase pertenece al gran comediante estadounidense Lenny Bruce (1925-1966) y aunque la traducción, que es mía, no es literal (“take away the right to say “fuck” and you take away the right to say “fuck the government.”) refleja la centralidad del pensamiento de Lenny.

Toda censura, por pequeña y justificada que parezca, termina protegiendo a los poderes institucionales o fácticos, ya sea que se excuse en cuestiones morales, religiosas o de seguridad del Estado.

En momentos en los que Naciones Unidas invita a celebrar el Día Mundial de la Libertad de Prensa, nos enteramos que Uruguay está bastante bien ranqueado en la materia. Algo que ya sabíamos pero sobre lo que siempre conviene reflexionar.

Con la aparición de la imprenta, invento atribuido a Johan Gutenberg por el año 1450, se abre la era moderna de los medios de comunicación. Según la historiadora estadounidense Elizabeth Einstein, la imprenta fue una revolución ignorada por los historiadores y tuvo dos consecuencias fundamentales: estandarizó y preservó el conocimiento de la era oral o manuscrita, y estimuló la crítica a la autoridad, al hacer más accesibles opiniones incompatibles sobre un mismo tema.

Algunos europeos celebraban con euforia la aparición la imprenta. Henry Oldenburg, primer secretario de la Royal Society de Londres asociaba la ausencia de imprenta con el despotismo. En 1641, un europeo oriental radicado en Gran Bretaña llamado Samuel Hartlib, afirmaba que “el arte de imprimir extenderá el conocimiento (y) si la gente común es consciente de sus derechos y libertades, no será gobernada con opresión”.

El surgimiento del periódico, en el Siglo XVII, aumentaría el malestar en los grupos de poder con la imprenta. Un siglo después, las autoridades de la mayoría de las ciudades europeas tenían bajo vigilancia a los cafés, que frecuentaban pensadores y científicos de la talla de Diderot o Newton, porque sospechaban que allí se alentaban comentarios subversivos contra el gobierno. En los cafés se mezclaba la comunicación oral, la lectura de periódicos y el debate sobre temas de actualidad.

Al igual que ocurriera con los libros, el auge de los periódicos despertó críticas referidas a la trivialidad de sus contenidos, su influencia en la ampliación de las conductas nocivas y el escepticismo, al publicar diferentes versiones y opiniones sobre los hechos públicos. Lo que es seguro es que los diarios y periódicos contribuyeron enormemente al surgimiento de lo que se conoce como la “esfera pública” y la “cultura política, al promover un abordaje racional y crítico de la actualidad.

La Ilustración promovía las luces de la razón y la crítica, oponiéndolas a la de la fe, la superstición y la tradición. Tanto en Francia como antes en Estados Unidos, la difusión de las nuevas ideas en periódicos y panfletos, junto a la transmisión oral de las noticias, prepararon a la naciente opinión pública para los procesos revolucionarios.

La aparición de nuevos medios a influjos de la Revolución Industrial, alentó el debate sobre su incidencia en la esfera pública. El concepto de “opinión pública” aparece a comienzos del Siglo XVIII pero se hará visible en el Siglo XIX, con la popularización de los periódicos.

El debate contemporáneo sobre los “media” comenzó en los años veinte del siglo pasado, cuando los teóricos alertaban sobre los riesgos de manipulación de la opinión pública, a la que se imaginaba como una masa uniforme e indefensa. Sin embargo, estas teorías pronto serían matizadas con visiones más complejas, en las que emergían factores intermedios, como los líderes de opinión, el grupo y la propia subjetividad del espectador.

En las últimas décadas, los estudios sobre el impacto de los medios se centraron en el temario noticioso, o “agenda setting”, la construcción de la realidad y la formación de opinión, fundamentalmente a través de la televisión, que dominó la escena mediática en el último medio siglo. Esta teoría vuelve a encontrar una barrera para su validez en el individuo y su singularidad. Como dicen Peter Burke y Asa Briggs, “el dominio de los medios de comunicación está en el poder que le otorgue el individuo a partir del uso que haga de ellos”.

Algunos críticos sobre los “media” suelen decir que “no se debe confundir libertad de prensa con libertad de empresa”. La frase es ingeniosa pero falaz, por cuanto no puede existir aquella sin esta. En todo caso, debería decirse que la libertad de empresa, siendo una condición necesaria para asegurar la libertad de comunicación, no es suficiente. Pero este escenario de restricciones y barreras estallaría con la extensión del uso de Internet y, más específicamente, con las prestaciones actuales de la red, la movilidad de la conectividad y los aparatos sobre los que funcionan. A comienzos del presente siglo, se estimaba que se iba a crear más información en los siguientes tres años que en los trescientos mil años anteriores. La tecnología y la globalización favorecen, al mismo tiempo, la concentración en corporaciones gigantescas y la proliferación de medios ad infinitum.

Ya no se trata tanto del temor al control sobre los medios y los materiales que en ellos circulan sino del riesgo de que los individuos terminen dominados por la navegación aleatoria y caótica, o por la proliferación de noticias y datos falsos o simplemente banales. Parecería que, en muchos medios que gozan de buena reputación “off line”, los compromisos de verificación, relevancia y proporcionalidad en el tratamiento de la información se volvieron irrelevantes en la web y las redes sociales, en beneficio del escándalo, las noticias bizarras y el marketing.

Los investigadores estadounidenses Bill Kovach y Tom Rosenstiel, “la historia de la comunicación sugiere que las nuevas tecnologías no cambian la naturaleza humana”, sino que “permiten expresarnos y satisfacer nuestra curiosidad sobre el mundo que está más allá de nuestra experiencia directa”. Kovach y Rosenstiel afirman que cada reorganización del orden social, derivó en la renovación de la tensión entre dos formas de entender la existencia, “una basada en la observación y la experiencia y otra basada en la fe y las creencias”.

Estamos nuevamente ante un dilema cardinal. La falta de un espíritu crítico propicia que la falsificación de la realidad se vuelva perfectamente real y que resurjan creencias supersticiosas y anticientíficas, aún en comunidades sofisticadas.

La sociedad del conocimiento y la revolución científico-tecnológica, favorece la generación de intercambios y multiplica los contactos entre las personas pero también tiende a diluir los límites de la intimidad, la prudencia, la reflexión, así como a banalizar la cercanía y el diálogo permanente con nuestros semejantes.

Este escenario, disruptivo e invasivo, no debería hacernos perder de vista los valores y fundamentos sobre los que se asienta la profesión. Pero sobre todo, que la libertad de expresarse a través de los medios o por cualquier otra vía, existe para proteger a todos, pero especialmente a las minorías, a los que piensan en sentido contrario al poder. Para gritar “¡Viva el Presidente!” o el gobernante de turno, nunca hizo falta ninguna protección constitucional ni convención internacional. Estas surgieron para que, quienes sostienen las ideas y concepciones contra hegemónicas y aún francamente revolucionarias, tengan garantías de que serán respetados en su derecho a expresarlas. Incluso si quieren usar el verbo “joder” para escribir “gobierno jodedor”.

(Fuente: Montevideo Portal)

Be the first to comment

Deja un comentario