Una vez más: Topolansky

Por José Pablo Franzini Batlle. Días pasados la senadora Topolansky declaró, a propósito de la recién aprobada Comisión Investigadora de Ancap, “No tienen ni una prueba, ni un hecho, dijeron “presuntas”, pero tenés que probarlas”. Y continuó: “Por eso nosotros le dimos la Comisión”. “Acá nadie se llevó nada, acá no hay ilegalidades, así que le dimos pa’ que se dejen de joder (sic) porque si no se pasan con un llorisqueo (sic). “Ay! no me dan la Comisión, no me dan la Comisión”. Agregó: “Bueno tomala, investigá y cascate, porque va a tener que funcionar todos los días.”. En referencia al plazo otorgado, el cual finaliza el 31 de diciembre manifestó: “Vamos a proponer unos 3 o 4 meses, más no y tiene que dar, y que trabajen todos los días, día y noche, y los domingos también”.

Las declaraciones constituyen un manual de lo que no se debe decir. Sería algo así como la lección de lo que hay declarar para ser un perfecto mal educado. Eso no constituye ningún mal a la sociedad, pues si la senadora ha elegido ser soez, atrevida y mal educada, no ocasiona daño, más que el ejemplo que debería dar quien representa al 3% de la voluntad popular y a sí misma. De todos modos existen en estas declaraciones aspectos conceptuales graves que sí podrían ocasionar daño, y severo.

La ley 16.698 de Comisiones Parlamentarias en su Artículo 2º establece cuatro clases de éstas:

a) Permanentes
b) Especiales
c) De investigación
d) Para suministrar datos con fines legislativos

En su artículo Artículo 6º.- Las Comisiones de investigación asesoran al órgano a que pertenecen tanto en el ejercicio de sus poderes jurídicos de legislación como de control administrativo. Pero su designación sólo procede cuando en las situaciones o asuntos a investigar se haya denunciado con fundamento la existencia de irregularidades o ilicitudes.

Más artículos refieren a la forma de funcionar de la Comisión, pero entendemos que con el citado es suficiente para demostrar la imprudencia de las declaraciones de la senadora.
No escapa a la senadora que las pérdidas económicas de los últimos años de la petrolera estatal son de una magnitud formidable para nuestro país. Pero conceptualmente es aún peor la situación, pues no se ha aprobado el balance y además no logramos los ciudadanos contar con información veraz y sólida en cuanto al déficit real de la mayor empresa del país.

La senadora refiere, también, a que no se cuenta con una prueba y es claro que no existen pruebas, pues de haberlas no se recurriría a una comisión investigadora sino que se recorrerían otros caminos. De todas maneras se admite que existe déficit lo cual, si bien no implica necesariamente que hubo corrupción, demuestra que el manejo de la empresa fue erróneo. Se habla de inversión, pero – en definitiva – los uruguayos debemos pagar los combustibles más caros de la región y – como si tal cosa no alcanzare – pagamos, también, el déficit de la empresa.

No me especializo en petroleras pero dificulto que haya alguna que pierda dinero si la inversión no lo justifica. No ha comprado pozos de petróleo como pueden hacerlo algunas empresas del ramo, en fin. Esperemos que la Comisión en cuestión nos informe al respecto.

La senadora refiere a que no ha habido en estos déficits problemas de corrupción. Lo dice, claro está, es su vulgar e inadecuado lenguaje (adquirido de grande, por supuesto, pues su educación primaria y secundaria transcurrieron en el Colegio Sacré Cœur, en combinación con estudios de ballet). Pero comete un error pues ella supone que no existe corrupción. ¿Ella lo sabe? ¿Lo puede saber? En fin…, quizás en su imaginario entienda que todo lo que le sucede a los seres humanos nacidos en nuestra República deba pasar por ella. No comprendemos la afirmación que realiza. En realidad, si la lee detenidamente, ni ella, ni los que la votaron, ni nadie logren entender tamaña aseveración.

Las demás declaraciones no merecen ni ser comentadas. Son groseras e inmerecidas para los integrantes del sistema político así como para cualquier ciudadano. Me pregunto qué pensarían sus mayores, que entendieron que debían brindarle educación privada religiosa (aun cuando la educación pública del Uruguay en esos años 1950 – 1960 era ejemplo mundial), clases de ballet y – seguramente – demás distinciones, si le escucharan espetar tanto disparate oral como conceptual. Que feo, que triste.

Senadora, su mala educación no pasa de ser un pretendido esnobismo que más allá de un mal ejemplo no daña más que a Ud. misma, pero su falta de conocimiento en un tema grave sí que nos afecta y nos lleva a recordarle que, por suerte, Ancap sigue siendo de todos los uruguayos. De todos.

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