¿Somos capaces de gobernar mejor?

Por Mónica Xavier. La democracia debe asegurar derechos a la vez que nos compete a todos su desarrollo. Nunca perfecta y siempre disconforme. Esa es la atmósfera en la que respira este sistema que encuentra en sus más ávidos críticos a sus más perezosos defensores. No son la mayoría ni tan pocos.

Según el reciente informe de Latinobarómetro, uno de cada cuatro uruguayos no valora la democracia1. Un dato chocante. Más aún si ponderamos que a nivel regional quedamos casi en lo más alto: no estamos bien y somos de los mejores.

Automáticamente, surgen interrogantes: ¿Por qué hay ciudadanos que no valoran la democracia? ¿Qué cosas ya no admiten? ¿En qué debemos mejorar? Y así podrían plantearse decenas de cuestionamientos más. A cualquiera de esas preguntas, le es insoslayable la responsabilidad del sistema político. Por no dar efectivo cumplimiento a legítimas demandas ciudadanas; por la deficiencia al transmitir el proyecto político en marcha; o, quizás, porque en el ejercicio de gobierno estamos generando brechas con la ciudadanía que a ésta la desilusionan.

La democracia tiene sus características irrenunciables en el diálogo, la tolerancia, la inclusión. Y no son cuestiones que se puedan fabricar desde cúpulas dirigentes iluminadas. La democracia requiere cercanía.

Hay que ponderar cuánto de esto difundimos desde los lugares de gobierno. Cuán dispuestos estamos los políticos a no olvidar que debemos caminar entre la gente. Quienes fuimos elegidos por el pueblo, debemos tener siempre presente porqué estamos dónde estamos; debemos agudizar la sensibilidad que nos permita conectar con las causas que inhiban respuestas de la índole referida.

(In)seguridad es el tema que más preocupa en la región, y nuestro país no escapa a ello. Sobre esto, a diario, todos asistimos al machaque de los informativos desde su crónica roja – la que alguien decide es “lo que la gente quiere ver” – lo que alimenta la lógica para que otro alguien argumente: es lo que “vende” -. En definitiva, en nuestro país, los contenidos de la televisión están definidos como un negocio, muy alejados de los propósitos de servicio público: informar – educar – entretener.

Nadie, hasta ahora, ha sido lo suficientemente convincente ni determinado para poner límites a este dictado de las emisoras privadas.

En forma cotidiana – pertinaz – se nos impone la truculencia – en cualquier horario – sin respetar ni tan siquiera al mínimo los preceptos de protección a menores -. Es cierto que suceden hechos terribles, tanto cuanto como que son miles los acontecimientos que se decide no incluir en los informativos.

Con esas decisiones se está muy lejos de contribuir a la formación de mejores ciudadanos. Con esto no se niega la libertad de expresión. Por el contrario, se debe desarrollar y asegurar el derecho ciudadano a ser informado. La ley de Servicios de Comunicación Audiovisual prevé acciones en ese sentido y por ello es fundamental asegurar recursos para su inmediata puesta en marcha.

Al hablar de democracia, información, seguridad, resulta ineludible detenerse en las agresiones que reciben – de un tiempo a esta parte – las maestras de escuela.

En esa acción se produce el trasvase de todos los límites. Para los hijos, el mensaje es inequívoco: “lo mejor que podés hacer cuando algo no te gusta, es pegar”. Una locura. Conducta que promueve otras violencias de temibles consecuencias.

Son temas que nos competen a la Justicia, al Ministerio del Interior, al de Educación, al de Desarrollo Social, a los legisladores, a quién sino le corresponden temas de tanta urgencia y gravedad como éstos?. Se podrá decir: a todos. Y es cierto.

La razón política – a través del Estado – el sentido de hacer política, se demuestra y mide por la eficiencia para darle solución a temas de esta magnitud. Que de pequeña no tiene nada. Para conformar redes de contención que impidan acciones tan injustificables como degradantes. Si no, habremos fallado.

Nos queda mucho por mejorar. Y en este mes – en el Senado – en las definiciones presupuestales – abordamos decisiones que no nos dan margen de error. Apuntalar sistemas de protección y de desarrollo es lo que está en juego. Nuestra capacidad gobernar es la que está a prueba.

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