Santo y seña y una nena abusada: ¿es ético abrirle el micrófono a un niño?

Por Gabriel Pereyra. La duda es un asunto recurrente en la redacción de este diario: ¿qué hacer cuando un niño o niña, o sea menores de edad, es protagonista de una noticia?

Teniendo en cuenta un poco el carácter propio del periodismo (malas noticias son noticias, las buenas no tanto) y el carácter violento de los uruguayos para con los más pequeños, las dudas sobre si dar su identidad o mostrar su cara suelen estar planteadas en temas delicados, por decir lo menos: violencia cometida por ellos (los menos), violencia contra ellos (los más), niños pobres, con hambre, violentados por familiares, por conocidos, por el Estado, y una larga lista de etcéteras. ¿Mostrar o no esas caritas del sufrimiento?

La información (en este caso con previa denuncia judicial) de abuso sexual contra una niña, historia que fue relatada por la protagonista, a la que se le tapó la cara en el programa Santo y Seña de Canal 4, puso una vez más el tema en el tapete y, una vez más, quedó expuesta la hilacha pusilánime y mediocre de una aldea plagada de enconos personales.

Por si el lector no lo sabe, el periodismo local es territorio de tribus: aquellos contra estos, fulano que nunca hablará bien de mengano y viceversa, todas reacciones que ya se saben de antemano, con lo cual cualquier juicio presuntamente profesional pierde calidad, valor, seriedad.

Situaciones cuyo debate nos podría hacer mejor como personas y como periodistas, se convierten en campos de batalla y de insultos, de cobros de cuentas personales disfrazadas de diferencias filosóficas, de preocupación por los niños. Somos demasiado pocos y nos conocemos como para que podamos disimularlo.

La Convención Internacional de los derechos del niño valora a los menores como sujetos de derecho. No son un objeto sobre el que otro pueda opinar sin que este tenga voz. Ahora los menores pueden ir a denunciar a sus padres a un juzgado, cosa que antes no.

O sea que tampoco corresponde ya una pregunta típica que se oye en las redacciones cuando se trata de publicar una foto de un niño: ¿tenemos autorización de los padres? Como los niños tienen derecho y no son cosas de las que los padres puedan disponer, el consentimiento de los mayores no es garantía de nada definitivo: el niño puede ir al juez y denunciar al medio por el uso indebido de su imagen. Estamos bastante regalados en las redacciones.

Las organizaciones que tratan de defender –a veces con viejos paradigmas- a los menores del poder de los medios de comunicación suelen quejarse que cuando hay asuntos complejos que refieren a los niños (el caso de los infractores suele ser el más paradigmático), los periodistas hablan con policías, jueces, etc y dejan a la víctima en un segundo plano. Pero cuando alguien le habilita el micrófono a un menor, lo critican por exponerlo. Y gente que conoce poco de comunicación empieza a hacer consideraciones acerca de cuándo está bien y cuándo está mal ponerle el micrófono a un menor, juicios todos subjetivos, cargados con los preconceptos, la ignorancia y la intencionalidad de quien los emite. Palo si se obvia a los menores, palos si se los tiene en cuenta pero no como los voceros de la moral lo quisieran.

En una sociedad que estuvo a punto de encerrarlos en jaulas como si fueran mayores de edad si se apartaban del camino de la ley, hay quienes pretenden que los menores no tengan voz porque -y aquí una palabrita mágica que se repite a veces sin saber bien qué es- se los puede “revictimizar”.

Sería bueno saber si quienes lanzan esta consigna tienen noción de con qué se encuentran los niños, no ya en un medio de comunicación, sino en los juzgados, donde he conocido psicólogas que escupen por el colmillo, manipulándolos y forzándolos a ir contra el padre o la madre.

¿Por qué un periodista, si lo trata con más deferencia y cuidado que un psicólogo o que un médico, y mantiene su anonimato, se va a privar de divulgar por boca del propio protagonista, y con su consentimiento, el horror que le tocó vivir? ¿Para qué? Para darle el derecho que los códigos internacionales le otorgan, para oír la otra campana, para completar la historia. Claro que esos códigos tienen normas de protección,y los encargados de hacerlas cumplir son personas, a veces jueces, que toman decisiones no siempre acertadas. Los ejemplos de fallos judiciales polémicos todos los conocemos.

Disfrazados
No solo algunos defensores de los derechos de los niños tienen los boletines atrasados y repiten consignas como un mantra, sino que también algunos periodistas y organizaciones que pretenden representarlos creen que con un manual pueden encarar una discusión seria. A veces son los mismos que dicen que las cámaras ocultas son anti éticas per se, o los que sostienen que un periodista que se haga pasar por otra persona es un mal profesional. Cuando usted escuche esto de algunos de estos predicadores de la ética, pregúntele si conocen a Günter Wallraff, y si no lo conocen, mándelos a que lo lean y luego, si le quedan ganas, retome la polémica con ellos.

Cuando un niño aparece expuesto de la forma que fuere en un medio, es inevitable que salte la vocinglera agresiva, cargada de acusaciones sobre intencionalidad. Así somos en estas tierras.

Todos tenemos derecho a criticar -de hecho yo me tomo la libertad de hacerlo en esta columna.- pero estamos obligados, no digo a ser inteligentes, sino a ser éticos en esa crítica, sino, no suma.

Quienes están en el lugar de tomar decisiones a cada momento y tienen una inclinación natural a publicar antes que a autocensurarse, también se deben un análisis de sus conductas. Un elemento que los periodistas ponen sobre la mesa a la hora de publicar la cara de un niño es el riesgo de verse sometidos a un juicio. Sin embargo, se actúa casi con displicencia si la cara a publicar es la de un niño serbio, indio o afgano.

La preocupación es entonces económica y judicial ¿o en el centro están los niños por su sola condición de serlo, sin importar donde les tocó en suerte nacer? ¿Qué dicen los censores del INAU cuando un medio local reproduce la imagen de un nene iraquí semidesnudo?

Hagamos un ejercicio contrafactual, ¿qué hubiese pasado si el cuerpito inerte de Aylan, el niño kurdo de tres años que apareció ahogado en una playa turca luego de intentar escapar de la guerra, hubiese aparecido en la playa Malvín y un diario publicaba la foto en portada y los canales lo reproducían? Los predicadores de la buena moral incendiaban la pradera, ¿o no?

Pero como ocurrió lejos, muchos valoraron eso como un testimonio del drama de los inmigrantes, cuando en realidad, con una visión conservadora, a Aylan se le robó y expuso mundialmente en uno de los momentos más íntimos de un ser humano: su muerte.

No oí ni leí que nadie le atribuyera a la fotógrafa que sacó la foto la intención de hacer dinero con ella, de conseguir más rating, críticas que esta comarca son usuales cuando alguien presenta a un niño en una situación delicada, procurando, como lo hizo esa fotógrafa, exhibir el drama en toda su crudeza aunque para ello haya que transitar a veces por los pretiles, ya no sólo de lo ético, sino del buen gusto.

Sí, con Aylan hubo algunos ladridos como los hay acá dos por tres, pero también hubo un debate por lo alto entre periodistas serios.

La verdad
Si alguien pensaba que esta columna podía responder a la pregunta del título se quedará con las ganas. Esto es apenas un intento por hacerle saber a quienes no son periodistas que si hay algo de lo que deben desconfiar, al menos en Uruguay, es de un periodista juzgando a otro periodista.

Y que si hay algo que deben saber es que el periodismo no es una ciencia exacta y que el concepto de la verdad fáctica o la verdad de la razón es un asunto sobre el que no terminan de ponerse de acuerdo filósofos, historiadores, lingüistas, antropólogos. Por eso cuando los términos verdad y razón aparecen mencionados en informes de burócratas o en declaraciones gremiales no puedo evitar una sensación de vergüenza ajena.

El periodismo apenas tiene aspiraciones de verosimilitud y uno de sus objetivos es nada menos que contar la peripecia sobre esta tierra de una de las criaturas más imperfectas de la creación: el ser humano.

Quienes no son periodistas o aún quienes lo son pero han olvidado a qué huele una trinchera cotidiana de trabajo, deben saber que a la hora de registrar las miserias humanas (inmensamente más dramáticas cuando involucran a niños), no hay código ni librito que valga, porque cada situación, como cada persona, es única e irrepetible.

Las leyes, las normas, los códigos –que existen y está bien que existan porque calman a los burócratas y alientan a los militantes- deben ser para un periodista lo menos importante cuando se enfrenta a un dilema que tiene por delante la frágil figura de un niño.

Las únicas armas que valen para lidiar con esas circunstancias son el sentido común, las buenas intenciones, la honestidad en el proceder y el peso de nuestra conciencia, un lugar que debe estar abierto a la sana crítica y blindado a la inquina de los francotiradores de turno.

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