Qué es la Constitución

Por Leonardo Guzmán. Con este título, en 1862 Ferdinand Lassalle pronunció en Berlín dos conferencias donde sostuvo que “la verdadera Constitución de un país solo reside en los factores reales de poder” y que “las Constituciones escritas solo valen y duran cuando expresan fielmente a los factores de poder imperantes en la realidad social”.

Hasta hoy ese concepto resuena en aulas y discursos de izquierda, sin tener presente que Lassalle dijo eso en lucha contra una ley clasista que hacía que, según sus cuentas, “los 153.808 hombres riquísimos más la mitad de los 409.945 electores de mediana fortuna” tuvieran “más poder político” que los restantes 2.896.922”.

¡Claro que sobre esa base tenía razón Lassalle al denunciar en la Prusia de siglo y medio atrás la ridiculez de que “la Constitución mandase que el rico… pesara en los destinos del país 17 veces más que el ciudadano común”! Pero su argumento perdió pie en todo país donde la Constitución estableció el voto igualitario para todos, colocando el destino de las multitudes en ellas mismas.

Ahora bien. La pasión por “los factores reales de poder” en público azuza reclamos y tras bambalinas se menea por los que hacen “lobby”, a veces para defender derechos claros y otras para presionar intereses oscuros. Pero si la Constitución rige en serio, todos “los factores de poder” ceden frente al pacto de libertad y racionalidad que ella impone entre las personas y los grupos, para regular pasiones, intereses y apetitos. Toda Constitución democrática establece el acuerdo sobre valores que debemos realizar juntos aun discrepando sobre las vías.

Entre nosotros, con 65 artículos consagrados a “Derechos, Deberes y Garantías” la Constitución no recoge tanto el país que ES como el país que DEBE SER. Más que un código de procedimientos para funcionar tal como somos, define el programa que nos debemos y tenemos a medio hacer.

Porque es así, en vez de ventear hoy la ilusión de una reforma constitucional imposible, lo que nos hace falta es, como ciudadanos, exigir que la Constitución mande de veras por encima de los sectores que gritan y pujan por el “poder real”.

La República soportó estoica a un presidente que adujo que la política está por encima del Derecho. Salidos de ese delirio, la gran prioridad es reconstruir un civismo que sienta y acate al Texto Mayor. Aréchaga afirmaba que “el Derecho Constitucional no se enseña solo con la razón sino hasta con los huesos”: los hechos de los cuarteles de antes -y de las calles de ahora- muestran que, además, en la Constitución jugamos literalmente los huesos y el pellejo.

No solo ella fija la fecha de las elecciones y la estructura del Estado. Define la vocación por la libertad y la justicia, cimentando las instituciones en la persona.

Por eso, resulta preocupante que una senadora que preside el lema gobernante pretenda iniciar un debate constitucional atribuyendo a los adversarios “un concepto atávico de la libertad y de la propiedad”.

Puesto que “atavismo” es “tendencia a mantener formas de vida o costumbres arcaicas”, ¿puede adjudicársele arcaísmo a “la libertad y la propiedad”, que resurgen en cada criatura que nace?

Y sobre todo, ¿puede descalificarse así al que piensa distinto, tan luego en una época que reclama defender a la persona frente a los ataques tecnológicos que invaden la privacidad y ante la multiplicación de poderes mundiales, sin rostro, capaces de desapoderarnos de todo?

Ante el Derecho, preguntarlo es contestarlo.

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