Oficialismo más crítico

Por Esteban Valenti. Le he pensado pausadamente, tratando de no apresurarme. No es el resultado de una situación momentánea, una bronca o una reacción ante ciertas circunstancias, es algo meditado y que tratare que sea profundo y sólido. No sé si lo lograré. Voy a aplicar de aquí en adelante un oficialismo más crítico del que he utilizado hasta ahora.

En muchas ocasiones he tratado de analizar críticamente aspectos de la gestión nacional o en diversos departamentos gobernados por la izquierda, pero cuando iniciamos el tercer gobierno nacional del Frente Amplio, el sexto gobierno en Montevideo, el tercero en Canelones y Rocha y al segundo gobierno en Salto y Paysandú ya no hay nada que pueda atribuirse a la falta de experiencia, al aprendizaje necesario. Cosa que si puede suceder con Río Negro. Incluso en Salto y Paysandú se trata de la reconquista de esas intendencias que habíamos perdido. También habrá que analizar las causas de la derrota en Maldonado y en Artigas y de algunas estrepitosas caídas en los votos del FA entre Octubre-noviembre y las elecciones de mayo, en particular en Soriano, San José, Artigas y Cerro Largo.

Pero hay algo mucho más importante, no es solo un tema de la experiencia, de personas y equipos que cumplieron funciones de gobierno y aprendieron o deberían haber aprendido de las cosas que se hicieron bien y sobre todo de las otras, sino de un aspecto conceptual: la izquierda debe cuidarse siempre y cada vez más del impacto ideológico, político, cultural y programático que tiene en su propia identidad, en su propia existencia el ejercicio del poder.

Es cierto que la izquierda, como cualquier fuerza política nació del poder y para ejercer el gobierno, en este nuestro caso nacimos de la Revolución Francesa, es decir gobernando para tratar de aplicar nuestras ideas y tuvimos continuidad en la conquista del poder en muchos países de las más diversas maneras, por revoluciones populares, asaltos a los palacios imperiales o dictatoriales y elecciones democráticas, pero la izquierda por definición fue siempre una fuerza de alternativa, se propuso como una expresión, como una representación de los de abajo, de los que no tenían el poder económico, mediático, corporativo y por ello el impacto con el poder es mucho más complejo.

Para poder aplicar sus ideas y transformar la estructura política, social y económica de un país y tener un fuerte impacto cultural se requiere alcanzar el gobierno o mejor dicho los gobiernos nacionales y locales y revalidar esa condición en las pruebas democráticas, pero ello implica obligatoriamente construir bloques sociales y políticos amplios y asumir la conducción del aparato del estado, con todas las posibilidades y condicionamientos que ello implica.

Cuanto más estamos en el poder crece una pregunta más asfixiante: ¿Quién influye más, nosotros en el poder, en las estructuras estatales, en las relaciones sociales y culturales o ellas con la potencia de su inercia y su fuerza ideológica en nosotros? ¿Quién cambia a quién?

“Queríamos cambiar al mundo y el mundo nos cambió a nosotros” Es una frase muy realista y muy peligrosa de una gran película italiana, pero es en cierto sentido una resignación de que el mundo tiene una potencia inmanente, propia, inexorable, que no admite más que su administración. Y cuando hablamos de ese “mundo” estamos hablando de un sistema, del mercado tal como lo conocemos, como amo y señor de los humanos destinos. Hablamos del capitalismo.

El capitalismo está de una u otra manera vigente en todo el planeta, las relaciones globales se rigen rigurosamente por las leyes del mercado y nadie, absolutamente nadie ha propuesto un sistema alternativo que haya funcionado. El estado omnipresente y omnipotente como sublime expresión de la propiedad colectiva y del “socialismo real” fracasó estrepitosamente. Fracasó política y económicamente y nos arrastró a una gran derrota ideológica, de la que todavía no nos hemos repuesto.

Pero la peor derrota ideológica sería desaparecer, dejar de pensar o refugiarnos en los esquemas y las recetas morales, las sensibilidades por los más pobres y explotados como una bandera y no como un proyecto histórico. Y vaya si abundan esos repliegues. Comprensibles y sensibles, pero decorativos del sistema.

Cuando se enfrentan tantos dilemas como los que enfrenta el mundo actual que ni siquiera voy a intentar detallar, lo que me parece más importante es elegir bien las prioridades. El ejercicio del poder es para mí la mayor prueba de la izquierda en la actualidad.

En esa prueba se condensan los aspectos de la audacia intelectual por formularse nuevas tareas, nuevos proyectos populares y democráticos, nuevas preguntas y no amoldarse a una especie de herencia inexorable, y sobre todo es la gran prueba ética y moral. En nuestra América Latina, pero también en Europa hay izquierdas que han naufragado o están naufragando no en la administración del mercado y de la política, sino sobre todo en la convivencia con la corrupción. La corrupción es la parte más enferma del mercado, la que nos carcome el alma. Y vaya si está carcomiendo…A este tema le voy a dedicar un artículo específico.

Porque considero que el poder como suprema religión o programa de la izquierda es un horror y un error y, considero que se notan en nosotros los primeros síntomas, o mejor dicho los segundos, porque hemos logrado sortear las principales pruebas de la inmoralidad pública, pero siempre estamos y estaremos rodeados, porque la única, la mejor, la más excelsa defensa contra los arrullos del poder es la gente, es recurrir a los ciudadanos, es volver a la fuente de todo, los de abajo, que no quiere decir que avale algunos que se consideran los representantes exclusivos de alguna categoría social, aunque formalmente lo sean, porque las corporaciones son también una forma de poder. Es por todo ello que voy a tratar de ser un oficialista más crítico.

Seré crítico con el pasado, porque no se puede trazar una línea imaginaria y comenzar a partir de allí, crítico con el presente y con las causas y los orígenes de los problemas, las debilidades y las lentitudes.

Para ello hace falta reforzar los puntos cardinales de esa crítica: la vida de la gente, desde la vida de la gente y no el relato desde el poder, siempre benévolo consigo mismo.

No quiero dentro de 4 años, durante la próxima campaña electoral hacer piruetas de todo tipo para explicar, para justificar, para aferrarme nuevamente al poder, aunque el proyecto de la derecha sea mucho peor, precisamente por ello quiero ser más crítico con nosotros.

Quiero hacer un esfuerzo, que no será fácil porque estaré hablando de mis compañeros y compañeras, para reforzar nuestra propia visión crítica. Los sillones son demasiado tibios, siempre.

Y lo hago también porque la única oposición seria y dura, por ahora en este país es la gran prensa, los grandes medios, la oposición política tradicional todavía no se despertó de su prolongada siesta.

Así que si la ciudad sigue sucia, desordenada en el tránsito, sin transmitir el impulso de la capital de un país pujante y en crecimiento, hablaré más claro y más fuerte. Aunque una parte de la responsabilidad nos competa a todos los vecinos siempre hay que mirar hacia arriba.

Y exactamente lo mismo digo sobre ministerios, dependencias diversas del gobierno y en general la marcha del país, incluyendo los desbordes publicitarios, y los errores de comunicación. Esto último no porque me preocupe que no se cumplan con la natural tarea de informar a la gente de los logros de los gobiernos de izquierda, sino porque detrás de ciertas visiones hay toda una concepción del uso del aparato del estado. Y lo seré con el Frente Amplio donde han vuelto a aparecer propuestas no solo de congelar todos los cambios, sino incluso de retroceder, de eliminar las elecciones por voto secreto del presidente/a del FA. Si, aunque usted no lo crea.

Si los entes del estado invierten de manera desordenada, con serios problemas en su gestión concreta y estratégica y en sus proyectos, lo voy a decir con todas las letras. Lo hice ya, pero lo voy hacer más claramente.

Esto me permitirá ser todavía más frontal y duro con la oposición política, me sentiré con más fuerza y más autoridad para enfrentar sus críticas injustas o directamente derivadas de su condición de derecha o de centro derecha, es decir desde una visión política e ideológica muy diferente a la mía.

Si hay cosas que se ataron con alambre y siguen por ese camino sin grandes cambios voy a hablar más claro y más alto. Hay un tiempo para resolver cada cosa y no es ni él que establecen las lentas costumbres uruguayas, disfrazadas de control y rigor, ni puede medirse con el anuario en lugar del reloj de la urgencia de la gente.

Lo que nos dio impulso no fue el viento de cola regional o internacional, pero por eso mismo y apelando a ese mismo impulso interno, propio de los uruguayos hay que ser riguroso, pero muy impetuoso en los esfuerzos por mantener la confianza, el crecimiento y la redistribución permanente y sostenible de la riqueza, sin que nos tiente el griterío y las amenazas.

Si queremos seguir creciendo, mejorando, avanzando y distribuyendo la riqueza que producimos con mayor justicia para vivir en una sociedad mejor y más libre y fraterna, hace falta calidad, trabajo, esfuerzo y no teorizar sobre nuestros defectos. Y eso también vale para el sector privado y las malas costumbres individuales que se nos han metido bastante dentro del alma.

Voy a seguir e intensificar mi sentido crítico también con aquellos que son desde ciertas posiciones corporativas e invocando la izquierda son los principales frenos para ciertos cambios imprescindibles en áreas claves de la vida nacional.

Haré el máximo esfuerzo para no hacer demagogia, que es la otra de las grandes tentaciones de estos tiempos. No hay nada más cómodo que tirar piedras siempre y contra algunos o para arriba. Trataré de ser parejo y no sectorial. No será fácil, pero haré el máximo esfuerzo.

Lo aviso, me aviso a mí mismo, porque además sé que no será indoloro ni cómodo.

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