Montevidex: La hora de los hordos

Por Gerardo Sotelo. Para Arturo Pérez-Reverte, escritor y miembro de la Real Academia Española, “estamos siendo gilipollas por encima de nuestras posibilidades”.

Esta vez, la filosa pluma del académico reaccionó frente a un comentario de Margarita Sánchez Romero, profesora de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Granada y ex directora del Instituto Universitario de Estudios de las Mujeres de la institución, para quien “el que inventó la historia de Adán y Eva es muy machista”.

El diccionario que edita la Real Academia establece que el gilipollas es alguien necio o estúpido, no sin antes aclarar que se trata de una palabra malsonante; esto es, y según la misma fuente, “que ofende al pudor, al buen gusto o a la religiosidad”.

Si una académica de la trayectoria de Sánchez Romero no aprendió ya, con Lucien Febvre, que el pecado más imperdonable que puede cometer un historiador es el anacronismo, es difícil que vaya a aprenderlo en algún momento. El problema es el cúmulo de necios y estúpidos de ambos géneros que van a repetir sus majaderías como si se tratara de una verdad científica.

Pero en eso de ser “gilipollas por encima de nuestras posibilidades” los uruguayos no le vamos en zaga a los españoles. La Junta Departamental de Montevideo considerará la propuesta de cambiar el nombre de la Defensoría del Vecino de Montevideo para “ajustarla a la perspectiva de género”. Puesto que tal asunto es “uno de los ejes fundamentales” de su actuación (no así los de garantizar una vida libre de basurales, un transporte público eficaz y barato, o alguna otra antigualla por el estilo), a alguien se le ocurrió que la gilipollez tenía que llegar incluso a la modificación del nombre.

Estamos ante un asunto capital: la estupidez colectiva, una vez que se oficializa, termina intentando domesticar el lenguaje, el reducto más íntimo del ser humano, de modo que nada ni nadie escape a su imperio. Como la misión es noble, la horda de gilipollas no reconoce límites razonables más allá de sus propios deseos. Los cambios en el nombre de calles, plazas, oficinas públicas e incluso ciudades, suelen tener detrás una horda (u hordo) de necios más o menos beligerantes.

¿Qué podemos reprocharle a nuestra gilipollada tercermundista cuando una académica española lee el relato de Adán y Eva y la única interpretación que se le ocurre es decir que su autor es “muy machista”? ¿Qué podríamos sugerirle que sea capaz de entender, sin que su cerebro se precipite en adoquín? Es evidente que aquel que solo tiene un martillo se convence fácilmente de que todos los problemas son un clavo. De modo que sólo cabe esperar que el pensamiento aborregado vuele libre como los pájaros y pájaras.

Por eso resulta extraordinariamente importante reflexionar sobre los planes de aquellos que quieren controlar y manipular el idioma, con fines de apariencia tan noble como la lucha contra la discriminación y la inclusión de género.

Una cosa es que el idioma, como reflejo de las conductas y sensibilidades de los pueblos, incluya notas de machismo. Lo hace, tanto como de solidaridad, espiritualidad y cuanto forme parte de la cultura popular. Todo lo refleja el idioma. No quiere decir que todo sea bueno, pero se trata de una urdimbre que vincula a los hispanohablantes y que, hasta ahora, ha fluido espontáneamente. Nadie en una oficina resolvió este tipo de cosas.

Pues ahora sí. Ahora tenemos burócratas que quieren organizar el idioma de acuerdo con una concepción que hoy está de moda, y que, estoy seguro, no lo estará mañana.

Esperemos que tanto esta moda imbécil de la inclusión de género impuesta por decreto, como el machismo, estén superados de aquí a poco. Mientras tanto, es conveniente que tengamos presente que no es el desvencijado machismo sino los ingenieros del idioma, que ocupan un lugar preponderante entre los nuevos carceleros de la humanidad, el verdadero problema de nuestro tiempo.

Quizás mañana algún colectivo proponga cambiar el nombre a la capital del país y ponerle “Montevidea”, expresión cabal de femineidad y sororidad ciudadana, o canjearlo por un moderno y gilipollesco “Montevidex”. Quizás la iniciativa consiga la unanimidad en la Junta, votada con la misma convicción con la que los legisladores aprobaron la Ley sobre Femicidio.

Es que no vivimos tiempos de pensamiento, reflexión y crítica. Estamos en la hora de las hordas (y los hordos) de gilipollas, trabajando por encima de sus capacidades.

(Montevideo Portal)

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