Marketing político

marketingPor Daniel Gianelli. Se reconoce como buen político a quien, involucrado en el debate y en la definición de políticas públicas, sabe interpretar los reclamos de sus compatriotas, los asume como propios y los encausa hacia su concreción. Alguien que, movido por una auténtica vocación de servicio, no solo sabe interpretar esos reclamos y deseos, sabe también convencer y despertar sueños que ciertos sectores de la sociedad tienen dormidos.

Para ello se requieren ciertos valores y condiciones que se poseen o no. Antes que nada se requiere credibilidad y, siempre, una buena dosis de carisma. Sin credibilidad y carisma la capacidad de convencer y de seducir, necesarias en el tropeo de almas que deviene en tiempos electorales, falta o se reduce el poder de convocatoria.

En ese esfuerzo por convencer de sus ideas y propuestas, por seducir a sus conciudadanos, los políticos apelan a técnicas de marketing. Su objetivo es “ofrecer” ideas, relatos, propuestas que buscan la adhesión de los ciudadanos. En el necesario esfuerzo de construir mayorías convencen mediante argumentos racionales, aunque también despertando emociones.

Nada de esto es nuevo. Así ha sido siempre. Pero las técnicas de “ofrecer” y de “vender” ideas o políticos se perfeccionan día a día. Y se valen de la influencia que tiene la propaganda a través de los medios masivos de comunicación sobre actitudes, comportamientos y la cultura de cada pueblo.

Eso es parte de la lucha política en la que los operadores se esfuerzan por filtrar a los medios noticias para favorecer a partidos o candidatos o para perjudicar a adversarios. En esa lucha, el intento de manipulación a los periodistas y a los medios es de todos los días.

El año pasado, en plena campaña electoral —incluyendo campaña para el Nobel y película para Kusturica— allegados al presidente Mujica dejaron saber que el mandatario había ofrecido sus buenos oficios para ayudar a Estados Unidos y a Cuba a superar sus diferencias y a dar pasos para normalizar las relaciones tras más de medio siglo de antagonismos.

La noticia tenía ciertos apoyos. En mayo del año pasado Mujica había sido recibido en la Casa Blanca por Barack Obama tras haber aceptado, a pedido de Washington, el traslado a Uruguay de seis presos recluidos en la cárcel de Guantánamo. Diez meses antes se había reunido con Raúl y Fidel Castro y había participado en la celebración del 26 de julio, aniversario del asalto al Cuartel Moncada en 1953.

Cierto es que, además, Washington pidió a Mujica que utilice “su considerable credibilidad como líder regional para impulsar reformas económicas y políticas en Cuba”, pero atribuirle el rol de mediador o de facilitador de los acuerdos anunciados semanas atrás carece de sustento a la luz de una investigación periodística de la agencia británica Reuters a cargo de los reporteros Warren Strobel, Matt Spetalnick y David Adams.

Estos revelaron semanas atrás que la iniciativa que puso fin a medio siglo de enemistad y enfrentamiento entre ambos países comenzó a gestarse en 2008 luego de un discurso que Obama pronunció ante la anticastrista Fundación Nacional Cubano Americana en Miami. El presidente advirtió entonces un cambio generacional en los “cubanoamericanos”, desentendidos de bloquear todo intento de resolver las diferencias entre Washington y La Habana.

Así fue que “tras saber que La Habana sería receptiva”, la Casa Blanca propuso en abril de 2013 “reuniones discretas”, que comenzaron dos meses después en Canadá. Para ello Obama le hizo un by pass al Departamento de Estado, “el secretario de Estado John Kerry solo fue informado de las conversaciones cuando pareció que podrían ser fructíferas”. Castro procedió igual, “dejó de lado” a Josefina Vidal, jefa de asuntos estadounidenses en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba.

Las conversaciones secretas tuvieron altibajos frente a la exigencia de Cuba (liberación de tres espías cubanos presos en Miami), rechazada originalmente por Obama. En abril de 2014 las conversaciones se reanudaron al aceptar Washington “la conmutación total de la sentencia de los presos cubanos”. Bien avanzada la gestión, el senador demócrata Patrick Leahy propuso en una reunión en la Casa Blanca dar intervención “al Papa y al Vaticano como intermediarios” y gestionó para ello la colaboración de dos cardenales.
El acuerdo final se alcanzó en octubre del 2014 cuando los equipos de Estados Unidos y Cuba se reunieron por separado con funcionarios del Vaticano y luego todos juntos.
El informe de Reuters no atribuye rol alguno a Mujica, por más que este, en sus entrevistas con Obama y Castro, haya puesto también su granito de arena.

La semana pasada, el presidente colombiano Juan Manuel Santos desinfló otro globo inflado por el entorno de Mujica sobre el supuesto rol mediador del hoy senador del MPP en el “proceso de paz” colombiano. El viernes 24, en su cuenta de la red social Twitter, Santos agradeció el apoyo de Mujica a las negociaciones de paz que su gobierno sostiene en La Habana desde 2013 con las guerrillas de las FARC. Pero negó haberlo nombrado “mediador” o encomendado algún tipo de misión como el actual senador del MPP declarara en una entrevista concedida al diario español “El Mundo”.

Según publicó el periódico, Mujica declaró: “ahora tengo que ir (a La Habana) por un pedido del presidente de Colombia a discutir algo con la dirección de las FARC”. Y agregó que para él “lo más importante es respaldar y dar una mano”.

Hace dos años cuando el gobierno de Santos y las FARC acordaron iniciar en La Habana conversaciones de paz, Mujica se ofreció como mediador y ofreció como sede de las conversaciones a nuestro país. Su ofrecimiento, de amplia cobertura internacional en los medios, careció de respuesta. Es más, durante meses Santos evitó reunirse con Mujica y recién lo hizo (diez minutos) a mediados de julio del año pasado en Fortaleza, Brasil, durante la compartida Cumbre de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) con la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur). Oportunidad en la cual, cabe recordar, Mujica aprovechó para interesar al presidente ruso en la construcción de un puerto de aguas profundas en las costas de Rocha, sorprendiendo a Valery Putin mientras desplegaba dificultosamente un mapa de la región.

No hay por qué descreer de las buenas intenciones de Mujica, pero los hechos, los “testarudos hechos” como solía decir Seregni, demuestran que el marketing político magnificó el rol del ex presidente en estos episodios, y que los uruguayos — y la opinión pública mundial— fuimos, una vez más, víctimas de un engaño.

Las campañas de marketing abundan y magnifican las condiciones y características del producto que se ofrece a la venta. El consumidor suele descubrirlo tarde.

(Fuente: Semanario Búsqueda)

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