“Los dirigentes políticos son responsables por sus aciertos y por sus errores”

diego fischerRegresó a nuestra ciudad Diego Fischer, periodista devenido en escritor, como él mismo se define, en esta ocasión para presentar su último libro, “Tres hombres y una batalla”, donde se relata una sucesión de hechos desconocidos que cambiaron el rumbo de la historia, protagonizados por Eugen Millington–Drake, Wilhelm Spielmann y Alberto Voulminot, que coincidieron con la Batalla del Río de la Plata y el hundimiento del Graf Spee. Su presencia, una vez más en el Ateneo Municipal, se debió al “Ciclo de presentación de libros de autores uruguayos” organizado por diario El Pueblo y Random House Mondadori. En diálogo con nosotros, Fischer adelantó que dentro de su próximo proyecto figura escribir un libro cuya historia tocará Salto junto a destacados personajes de nuestra historia, como Carlos Vaz Ferreira y Juan Manuel Blanes.

– Una vez más en Salto para presentar un nuevo libro.
– Si, de eso vivimos o pretendemos vivir. En este caso, “Tres hombres y una batalla”, que es también una investigación periodística, siguiendo la línea de todos los libros anteriores, pero que en esta oportunidad son tres historias que tienen vida propia por sí mismo -y que seguramente merecerían quizás cada una de ellas un libro-, que se van entrelazando y tienen como telón de fondo la Batalla del Río de la Plata y el hundimiento del Graf Spee. Reitero lo del telón de fondo porque no es el tema central.

– ¿El hundimiento del Graf Spee sería el marco donde se desarrolla la historia?
– Digamos que el leitmotiv es otro, el telón de fondo es el mundo en el que vivimos en los años 30, particularmente Uruguay. Obviamente, un mundo que se desplomaba económicamente por un lado, con el derrumbe de Wall Street y el comienzo de la Gran Depresión y una Europa que era ganada por los totalitarismos en el que Hitler empezaba a invadir los países, Stalin aplicaba su régimen de terror, Mussollini ya llevaba largos años en el poder y Franco llegaba al poder poco después al azar. Ese es el marco de Europa, y por otro lado tenemos a Inglaterra como el imperio y la reina de los mares que era, como una isla, que es en realidad, un país donde se ejercía y se practicaba la democracia, pero no dejaba de ser el imperio.

Y teníamos a Uruguay, que era una isla frente a un continente rodeado también de dictaduras. Un país que vivía su larga siesta y fiesta que comenzó conmemorando el primer centenario de la Jura de la Constitución, junto al primer campeonato mundial y el resultado que todos sabemos porque ganó Uruguay. Ese era el marco, mientras el mundo se preparaba para una Segunda Guerra, los uruguayos comunes, especialmente los montevideanos, se deleitaban yendo los fines de semana a ver cómo avanzaba esa obra majestuosa que era el Estadio Centenario, que se construyó en tan solo nueve meses.

Y allí, años más años menos, llega a Montevideo un enviado del rey de Inglaterra, con instrucciones precisas del Foreign Office –el Ministerio de Relaciones Exteriores Británico-, para neutralizar la creciente presencia de la Alemania nazi y de la Italia de Mussollini en nuestro país.

– ¿Qué tan importante era Uruguay para Inglaterra en esos años?
– Bueno, justamente uno podría preguntarse qué peso podría significar para el imperio el Uruguay. En una primera lectura muy rápida uno puede decir, los ferrocarriles eran uruguayos explotados por capitales británicos, la cadena cárnica en su totalidad estaba en manos de los ingleses, así como los servicios de agua potable y de comunicación, también el telégrafo y teléfonos, al igual que parte de la Banca. Eso a los ojos y al poder de Inglaterra eran menos que chelines, lo que estaba en juego era el puerto de Montevideo.

Y así llega Millington–Drake con esa misión específica y precisa de neutralizar no solo la creciente presencia alemana e italiana, que la alemana se daba por una colonia muy pequeña pero que estaba en lugares claves, como la medicina, en la investigación científica, pero sobre todo porque se hablaba que Uruguay era la plataforma de desembarco del nazismo en América del Sur, cosa que resultó ser una gran mentira.

La historia transcurre en ese Uruguay donde de una manera increíble, que no la voy a contar porque hay que descubrirla en el libro, este hombre logra reposicionar a Inglaterra en nuestro país. Cuando digo reposicionar, me refiero a que los uruguayos se vuelven ultra anglófilos en todos los niveles, desde las capas sociales altas hasta el ciudadano común y de a pie. Millington–Drake hizo un trabajo que hoy debería ser estudiado por aquellos que egresan de las universidades y hacen tesis en comunicación o en marketing, porque para su época fue un trabajo de avanzada.

Uruguay era un país donde habían muchas cosas que estaban por hacerse, y pocos años antes, a comienzos del siglo, había llegado e instalado la familia Voulminot, de origen alsaciano, que venían huyendo justamente de la invasión alemana a Alsacia y Lorena (territorio del desaparecido Imperio Alemán), que se produjo en 1870. Primero se radicaron en Argentina y después vinieron a Uruguay, y aquí constituyeron una sociedad con una familia que venía del Piccino, o sea de la Suiza italiana, y construyeron el dique más importante del Río de la Plata, y también la empresa de tornería pesada más importante.

– Estos son dos de los personajes, falta el tercero.
– Si, el tercero de muchos, porque yo hablo en el título de “Tres hombres y una batalla”, pero son muchos más personajes, porque está el gobierno uruguayo, está el entonces ministro de Relaciones Exteriores Alberto Guani, hay una cantidad de figuras muy importantes que hicieron historia en su momento. Pero hay una familia judía de la alta burguesía de Austria, que va viviendo y padeciendo el crecimiento del nazismo en Austria, con todo lo que ello significa, no en Alemania sino en Austria. Y de una manera que en el libro se cuenta y que no se puede explicar por la razón y la lógica, al menos yo no la pude entender de esa forma, llegan a Uruguay cuando estaban en las puertas del campo de concentración de Auschwitz. Allí se entrelazan, se entrecruzan esas tres historias, y un mojón del relato es justamente la Batalla del Río de la Plata y el hundimiento del Graf Spee.

– ¿Se cuenta en el libro por qué el Graf Spee tuvo ese final?
– Parte de esa historia lo explica el libro sin entrar en los pormenores técnicos, se han escrito decenas y decenas de libros sobre el Graf Spee y la Batalla del Río de la Plata…

– Incluso hay una película…
– Si, una película que es muy mala, dicho sea de paso. Pero el libro apunta a mostrar historias que no eran conocidas, como me gusta hacer cuando se encuentran documentos que nos brindan una mirada diferente del país y de ese momento histórico, y allí nos encontramos con muchas sorpresas. Como por ejemplo, y a manera de titular, que el Uruguay de los años 30 lejos de ser el país que recibió con los brazos abiertos a los inmigrantes, dictó normas que hoy nos avergonzarían, para prohibir el ingreso de personas que huían de una muerte casi segura, como fueron los judíos de la Europa oriental o de los republicanos derrotados por el régimen de Franco.

– ¿Eso no contrasta con el Uruguay que a principios de siglo recibía inmigrantes?
– Totalmente. Por eso va a contrapelo de todas las mejores tradiciones de este país, va a contrapelo de todas las políticas que se aplicaron desde 1870 hasta 1930.

– ¿Usted va en busca de una historia o es la historia que lo encuentra a usted?
– Bueno, a veces pasa eso, en este caso la mitad de la historia me encontró a mí. Tenía muy bien documentada y registrada la historia de la familia Voulminot, hasta que un sobreviviente de la familia Spielmann, que es la familia austríaca, que hoy tiene 92 años lúcidos y yo diría, muy joviales años, me encontró en una presentación de un libro y me dijo, “tengo una historia para contar”. Cuando me contó su historia, no daba crédito a lo que me estaba diciendo, historia que venía avalada por documentos, porque a veces la tradición oral tiene eso, tiene mucho de interesante y atractivo como historia pero cuando uno la aterriza a la realidad, las fechas no coinciden, los personajes tampoco. En fin, en este caso todo coincidía con una perfección y una exactitud que me asombró, y eso me llevó a hurgar mucho en el archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores y encontrar cosas como estas que acabo de contar de esas leyes infames que se dictaron en el Uruguay de los años 30.

– No está bien preguntarle a un escritor cuál es su próximo libro…
– ¿Por qué no? Hoy sí te puedo decir (risas), hace dos meses no hubiese podido contarte. En estos momentos estoy trabajando en un libro que una buena parte transcurre aquí en Salto y que vincula a Juan Manuel Blanes y a Carlos Vaz Ferreira.

– ¿Los vincula con Salto?
– Si, si, porque estos personajes pasaron y vivieron en Salto.

– Hablando de Salto, hace unas semanas escribí en una de mis columnas que usted venía a nuestra ciudad pero no a buscar a Germán Coutinho como escribió en una de sus columnas de diario El País, cuando preguntó dónde estaba Coutinho.
– Sí, claro.

– ¿Está preocupado por el paradero de Coutinho?
– No, no estoy preocupado por el paradero de nadie. Lo que escribí en el diario era una forma de ver una situación como se ve desde Montevideo. Los dirigentes políticos son responsables por sus aciertos y por sus errores, y no le hace bien a la clase política en su conjunto que una persona que ejerció de manera democrática y durante un período prolongado de cinco años la jefatura de un departamento como el de Salto, tan importante, no dé la cara cuando la situación se ha tornado crítica y no explique por qué esa situación se tornó de la manera que todos vimos y vivimos con mucha pena y preocupación.

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