La peripecia latinoamericana

constanza-moreiraPor Constanza Moreira. Hace pocas semanas, la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) anunció que la tasa de crecimiento promedio para la región no superaría el 1% este año. Uruguay estaba por encima del mismo (3%), y muchos países (como Brasil) por debajo. Tendremos un escenario económico que preanuncia el fin del ciclo de la “década ganada”, esa década donde América Latina creció a buen ritmo, y los gobiernos progresistas realizaron importantes reformas laborales, fiscales y sociales mejorando la calidad de vida de millones de personas.

Brasil es el principal país afectado por esta proyección económica, aunque no el único. La perspectiva de estancamiento de la economía es lo que está de telón de fondo en la crisis política brasileña, y la crisis política sólo la profundiza. Dilma Rousseff acaba de ganar las elecciones, este pasado octubre, poco antes de que el Frente Amplio (FA) confirmara su victoria en Uruguay. Sin embargo, ese triunfo parece no haber sido suficiente para legitimarla políticamente, ya que la prensa y las manifestaciones en Brasil, parecen ser más fuertes que la voluntad de las decenas de millones de electores que se pronunciaron por ella en las urnas.

Petrobras, la joya de la corona, era aplaudida, hace un par de años, por la descubierta del petróleo en la plataforma continental, y el proyecto de explotación petrolera le daba a Brasil una perspectiva de sustentabilidad energética que lo transformaban en un gigante. ¡Qué suerte tienen los brasileños! decíamos, cuando el proyecto del “Pre-sal” (la exploración petrolera en el mar) comenzaba a dibujarse. Hoy, este mismo Petrobras es el que está en jaque con las denuncias de corrupción. Esto nos retrotrae a lo que sucedió en México, donde las denuncias por corrupción en Pemex (Petróleos Mexicanos) fueron el telón de fondo de la privatización del petróleo, a manos del Presidente Enrique Peña Nieto, y votada por casi todos los partidos políticos de ese país. Sí, México vendió la quizá última joya de su corona, y en Brasil van a por Petrobras.

Hace unas semanas, la revista “Exame”, mostraba en su portada a una Dilma sombría bajo el titular: “El riesgo del caos”. Un titular tremendista que, más que preanunciar algo, tenía la clara intención de provocarlo.

Las fuerzas conservadoras en Brasil han tomado el Congreso. El Partido de los Trabajadores (PT) perdió pie y fracasó en el intento de controlar al Congreso con una presidencia de su mismo partido. Eduardo Cunha, actual Presidente de la Cámara de Diputados e integrante del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), parece dispuesto a disputar con el PT el control del gobierno, y se comporta como la punta de lanza de la bancada opositora aunque él mismo pertenezca a la bancada aliada del PT.

Frente al proyecto de despenalización del aborto (una iniciativa de Jean Wyllys, del Partido Socialismo y Libertad – PSOL), Eduardo Cunha sostuvo que antes de aprobarlo “pasarían sobre su cadáver”, extrapolando abiertamente las funciones que un Presidente de Congreso (apenas una encargatura temporal de coordinación que sólo dura dos años) tiene. Al mismo tiempo, Cunha estimuló el ingreso del proyecto del “Estatuto del Nascituro” (concebir al embrión como sujeto de derecho), y se dispone a su tratamiento parlamentario con varios apoyos de las bancadas partidarias más conservadoras. También bajo su iniciativa y respaldo, avanza a paso firme la propuesta de baja de edad de imputabilidad de 18 a 16 años. Esto revela para el propio Uruguay, una faz que pasó desapercibida en su momento: la baja de edad de imputabilidad es parte de un plan mayor que trasciende Uruguay (que afortunadamente logró resistir), extendiéndose por América Latina, y formando parte de la agenda de seguridad conservadora, disciplinadora y autoritaria, con que la derecha avanza “socialmente” en nuestros países.

También bajo la regencia del Presidente de la Cámara de Diputados brasileña, se aprobó la “ley de las tercerizaciones” que profundiza y consolida las tercerizaciones como mecanismo de provisión de servicios públicos, contra la posición del PT y aliados (PSOL, Partido Comunista). Cabe a Dilma decidir ahora si veta o no ese proyecto, so pena de quedar expuesta a un Congreso que va a funcionar con su propia agenda, contra el propio gobierno.

Eduardo Cunha y sus aliados juegan a dividir gobierno. Contraponer el Parlamento al gobierno es un juego complicado que las derechas han jugado siempre. Lo hicieron con Allende, lo hicieron con Joao Goulart. Y llegaron a propiciar golpes de Estado.

Las manifestaciones contra el gobierno empezaron por izquierda y terminaron por derecha. El pedido de vuelta de la dictadura militar se hizo sentir en esta última, y las izquierdas más radicalizadas, con protestas legítimas en las manifestaciones multitudinarias del año pasado, se apartan hoy de la intentona desestabilizadora que cuenta entre sus principales agentes a los propios medios de comunicación.

El Congreso brasileño es calificado, por los mismos brasileños, como el más conservador que ha tenido la actual democracia del vecino país. Con bancadas definidas más por “intereses” que por partidos, como la bancada evangélica, la bancada “ruralista” o, en algunos estados, la “bancada da bala” (los defensores de las armas), Brasil enfrenta hoy el freno más duro al poderoso impulso que representó el triunfo del PT en 2002, contra el conservadurismo oligárquico y reactivo a cualquier democratización del poder o los bienes, en uno de los países más desiguales del mundo.

Mientras tanto, asistimos al ataque sistemático de la derecha contra Venezuela, que parece haberse olvidado por un segundo de Cuba (quizá inspirada por la misma actitud “revisionista” que ostenta Obama hoy en relación al país caribeño), y centra su batería contra el gobierno de Nicolás Maduro, que enfrenta una situación económica muy compleja, la falta de Chávez, el deterioro de sus términos de intercambio con el mundo, una Colombia vecina con un proceso de paz siempre jaqueado y un Estados Unidos beligerante.

La Presidenta argentina Cristina Fernández ha construido un liderazgo sólido, potente, con base propia, y muestra una impresionante capacidad de jugar en la arena del poder real y simbólico, en una Argentina siempre crispada. Su liderazgo no está en duda. Los logros de la “década ganada” que en la vecina orilla se escribieron con “K”, tampoco. Pero observamos atentos la evolución electoral de este país, y sobre todo, la evolución dentro del mismo Frente para la Victoria, que será el que tenga la llave de la configuración política futura.

Uruguay, en este contexto, luce estable. Recién instala gobierno, y todavía no cierra su ciclo electoral. Las perspectivas económicas no son tan buenas como lo fueron en el primer gobierno (crecimos al 6%) ni en el segundo (crecimos al 4%), pero todavía hay resto: habrá que adecuar los objetivos, los programas, las políticas, y el presupuesto nacional.

La política exterior uruguaya aún está por dibujarse, pero todo indica que cualquier intento de recolocarla en un territorio “neutral”, está destinada al fracaso. El legado de una política exterior por izquierda es demasiado fuerte todavía, y cualquier intento de Uruguay por desmarcarse de sus pares ideológicos en el continente, será resistido por el Frente Amplio. La propia aventura del TISA (Trade in Services Agreement), ya está siendo controvertida por el movimiento sindical y por el propio FA, porque el recuerdo del TLC con Estados Unidos generó sus aprendizajes: hay que reaccionar a tiempo en estas cosas, y la información es poder.

Hoy más que nunca, Uruguay debe apostar a una región unida, y colaborar a que América Latina desarrolle su propia estrategia, lo más unificada posible en relación a Europa, China y Estados Unidos. América Latina jugará en el tablero mundial, si lo hace, como alguna vez lo hizo la Comunidad Económica Europea, como una región unificada. Uruguay debe colaborar, con su acervo diplomático y político, a la construcción de esta estrategia regional. Para ello, una reflexión en profundidad sobre las circunstancias que atraviesan nuestros países vecinos, y el jaqueado Brasil, es indispensable. Y una política exterior “de izquierda”, también.

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