La izquierda prisionera de las estructuras

Por Esteban Valenti. Hubo un tiempo, largo, a veces fecundo, pero que al final terminó en desastre en que la izquierda, o mejor dicho una parte importante de la izquierda fue prisionera de sus propias estructuras. Muchos pensarán que solo fueron los comunistas, pero no, fue una deformación mucho más amplia y extendida. Los comunistas manoseando los clásicos le dimos el mayor sustento teórico y político a esa deformación.

Me voy a referir solo a la izquierda, aunque la derecha y el centro también han padecido esa patología. No es mi problema, pero en el caso de la izquierda, donde la ideología expresa una parte fundamental de su propia identidad, el cepo de las estructuras es mucho más destructivo.

El socialismo real, el que gobernó durante décadas en un sexto del planeta fue el principal terreno de este proceso y su derrumbe se debió en una parte muy importante a ese aprisionamiento ideal, cultural y que al final terminó siendo político de las estructuras sobre el estado, la política y sobre la ideología.

Las estructuras pesaban más que cualquier idea, que cualquier principio, que los valores originales y fundacionales del socialismo. Pesaban y pesaron más que la igualdad, que la fraternidad y sobre todo que la libertad. Pesaron más que la construcción de un mundo, una sociedad donde el hombre no fuera el lobo del hombre y las estructuras, burocráticas se transformaron en las fauces de los hombres y las mujeres y se devoraron el socialismo. Sustituyeron un sistema de explotación por otro.

Para que haya estructuras, aparatos que se colocan y que controlan de forma creciente todos los resortes de una sociedad, su economía, su cultura, su ideología, su comunicación, su estética, su aparato militar y policial, o crean que lo pueden controlar, es necesario que haya hombres y mujeres (sobre todo hombres…) que ejerciten ese control. Eso es la burocracia, que es un concepto que en su hipertrofia puede asumir características muy diferentes.

Una estructura, un aparato, para sufrir ese proceso de hipertrofia necesita de una teoría circular e impenetrable que le de sustento y la justifique, un discurso épico, ético y político liberador, cuando en realidad su destino y su función es todo lo contrario, es matar la épica, la estética y la liberación de las mejores fuerzas de una sociedad, de los seres humanos. Necesita una teoría que se alimente de sí misma.

Necesita una pirámide de poder que desde la cumbre hasta la base y actuando y alimentando esa teoría, construya instituciones, lazos de dependencia, premios y castigos y sobre todo miedos, mucho temor a salirse del esquema, del aparato. No hay aparatos horizontales, son siempre verticales.

Necesita de personas que paulatinamente acepten asumir el papel que les destina la teoría, la pirámide y sus jefes y que reproduzcan el sistema y cuyo gran, superior objetivo es subir, escalar la pirámide. El gran premio de los aparatos es el ascenso y el gran miedo es el descenso y la exclusión. Al principio pueden ser premios morales, cuando todavía los valores sobreviven, pero lentamente se suman los premios materiales, los puestos, los salarios, los galones, el abastecimiento, la cilindrada de los autos, los pequeños, medianos o grandes privilegios obtenidos, entregados por el propio aparato.

El aparato necesita su combustible, no vive solo de teoría, ni de la estructura de la pirámide, ni por la vocación de los burócratas, la gran metamorfosis es el combustible, los premios, los privilegios. Y que los había y los hay todavía, los hay.

Si no se consideran todos estos elementos ¿Cómo se puede explicar que luchadores valerosos por las causas del socialismo, de la revolución, del avance social se hayan transformado en implacables burócratas? ¿Son las debilidades humanas? Atribuir esa involución a los errores y debilidades naturales del ser humano es una perversión, es resignarse definitivamente a un trágico destino de la humanidad. Esas perversas transformaciones son el resultado del funcionamiento de los aparatos, de las estructuras y sobre todo de su hipertrofia, son el resultado de graves errores teóricos y políticos.

Los aparatos parecen tener vida propia, crean su propia lógica, su propia moral, sus enemigos y adversarios y son mucho más feroces con los que dentro de su propio territorio, dentro de la propia izquierda le disputan o ponen en peligro su existencia, su eternidad. Es que los aparatos tienden a la eternidad, se consideran a toda prueba y la confirmación de la existencia de algo supremo, de un destino inconmovible y que los trasciende. Las estructuras pueden ser en sí mismas una ideología.

Los aparatos crean la ilusión de que alguien los controla, que hay partidos que pueden manipularlos, pero al final tienen su propia lógica, e incluso logran imponerse a los partidos. La historia está llena de ejemplos en que los aparatos se transformaron en el partido.

Los aparatos necesitan enemigos, sobre todo dentro de sus propias filas, es la mejor manera de protegerse, hasta logran construir discursos donde el aparato es el plebeyo y la política es sus variadas expresiones es su adversario y hasta su enemigo. Y medran en el silencio del resto. Y silenciosos hay muchos.

El reto, el desafió, la tensión entre las ideas, los valores, los principios, los objetivos históricos siempre en transformación de la izquierda y los aparatos ha existido, existe y seguirá existiendo. La suerte de la izquierda depende en buena medida de como resuelve esas tensiones, esa contradicción.

¿Se puede vivir sin estructuras e incluso sin aparatos? Esa pregunta es peligrosa, es tramposa, contiene un mecanismo por el cual, analizar críticamente las limitaciones, los peligros de cualquier cosa implica negarla, en realidad estamos hablando de todo lo contrario, es reivindicar la propia esencia del espíritu de izquierda: ¿si somos capaces de poner en discusión las estructuras económicas y sociales dominantes, como no vamos a ser capaces de discutir y cuestionar nuestras propias estructuras en forma permanente?

Más allá del aspecto metodológico, crítico, hay elementos prácticos, las estructuras son necesarias en todos los órdenes de la vida, en la producción, en la educación, en la organización social, en la política, en el deporte, el problema es que papel juegan. Cuando las estructuras, su preservación se antepone a todo, sobrepasa los límites de su funcionalidad y se devora lentamente al resto, son un grave peligro. Y eso nos está sucediendo a nosotros en el Uruguay.

No debe haber caricaturas de procesos tan complejos, en las estructuras hay gente maravillosa, llena de ideales, esfuerzos y sacrificios, y todos nos recostamos en esas personas para justificar los enormes y resecos aparatos, y el distanciamiento creciente entre la gente, la sociedad, los votantes y la capacidad de movilización y existencia de los aparatos. Pero el fondo del problema no cambia, se agrava.

No se trata de aparatos y estructuras si o no, sino de qué lugar ocupan en todo el proceso político y sobre todo como se someten en forma permanente a una democracia radical y auténtica. La hipertrofia de los aparatos, es enemiga de la radicalidad democrática.

Cuando los equilibrios de los aparatos sindicales se anteponen a los valores históricos y a los principios que le dieron identidad al movimiento sindical uruguayo, lo que peligra no es el aparato, es la función y el peso en la sociedad del movimiento sindical. Y cada vez más, todo queda librado a la fuerza y no al complejo entramado de las relaciones con el resto de la sociedad y de la política y a sus ideales.

Más grave es a nivel político, cuando las estructuras además de sus tendencias naturales, aparentemente contradictorias de su hipertrofia y su resecamiento, son utilizadas como un ariete para la lucha política, son ocupadas sectorialmente, actúan por encima de la política y la sustituyen, se pone en peligro los procesos tan dura e inteligentemente construidos de la unidad, de la diversidad, que es la parte esencial de la unidad, y de los objetivos históricos de la izquierda. Cuando no hay diversidad no es necesaria la unidad.

Las estructuras naturalmente adecúan su funcionamiento, su apertura o sus límites a la capacidad de controlarlas, las referencias no son políticas, no se relacionan con el resto de la sociedad, sino con su propia supervivencia.

La prueba de la verdad nunca pueden ser las estructuras, cada vez que la izquierda cometió esos errores pagó un enorme precio, por largos periodos o por tiempo indeterminado…

Generalmente esos procesos tienen una plataforma central, aunque se las tiña con abundante declaraciones de defensa de programas, plataformas, estatutos y discursos, es la lucha por el poder por encima de todo. Los aparatos, las estructuras tienen una tendencia natural a alimentarse del poder, de pequeños, medianos o grandes poderes. Dentro de las propias estructuras o disputando en el estado nacional o local.

El remedio, una importante vacuna contra esos procesos no es la anarquía, aunque suene bien y sea cómoda, actúa en un mundo paralelo, no se roza con los aparatos y con la burocracia, es como la utopía, es una poesía maravillosa para evadirse de la lucha concreta y embarrada por los cambios y las grandes transformaciones. La batalla debe librarse siempre en la radicalidad democrática, en la profundización de la democracia, más allá de los cálculos de conveniencia. Es la democracia como norte, como lucha por la expresión ciudadana, pero también como defensa de las minorías, como calidad y profundidad del debate y de la construcción ideal y política. El otro elemento clave contra el cepo de los aparatos y las estructuras es la ideología, el sentido crítico y de aprendizaje permanente de la realidad y la investigación y la creación teórica y práctica.

La burocracia y los aparatos son los principales enemigos de la ideología, de la lucha y la construcción ideológica porque tienden naturalmente, espontáneamente y brutalmente a la parálisis, a la autoprotección, a elevar las formalidades casi a una religión. Nadie está libre de esas tentaciones, hay generaciones de cuadros de izquierda que crecimos bajo esos influjos y muchos siguen allí, plantados.

Si lo que triunfa en esta nueva etapa de construcción política, de gobierno, de relación con la sociedad civil y con la sociedad en general son, la estructura, los aparatos, estamos bien fritos.

No busquemos explicaciones sicodélicas, muchas cosas que nos suceden a nosotros en estos momentos, ya le sucedieron a otros, en varios momentos de la historia y en diversas geografías, son los aparatos actuando, incluyo los aparatos mentales e ideológicos.

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