La grieta

Juan-martin-posadasPor Juan Martín Posadas. En el correr del verano se ha vuelto a hablar con preocupación de la división del país. El tema ha reaparecido como reproche. ¿Por qué los políticos se pelean tanto? ¿Por qué no se sientan alrededor de una mesa y armonizan sus esfuerzos para sacar el país adelante? Si cada uno tira para su lado no se puede avanzar.

El dolor por el Uruguay dividido es genuino pero la interpretación del problema es equivocada si se plantea en esos términos. El asunto es complejo por dos motivos: sus dificultades intrínsecas y, quizás más, porque convoca a la inocencia. La raíz del mal no está en que los políticos no quieran acordar, que estén obsesionados por los costos o réditos políticos y cada uno por su chacrita: está en otro lado.

Empecemos por indicar que si se abre el planteo, como lo hacen algunos, afirmando que las diferencias no son tantas ni tan grandes, se está haciendo trampas al solitario. Las diferencias son grandes. Quienes se den cuenta de ello ayudarán más. Miremos a temas álgidos para la sociedad, como puede ser la educación (donde ya hubo intentos de acordar). ¿Qué diálogo sustantivo puede plasmarse entre Vázquez, impulsor de la actual ley de educación, confiándole el poder a los gremios, y la oposición que ve en esa ley un obstáculo y en los gremios los principales causantes del desastre educativo?

La interacción más positiva entre oposición y gobierno -la mejor para el país- es la del tipo que está teniendo lugar en la investigadora sobre Ancap: descubrir los abusos de poder y el desastre administrativo para frenarlo y castigarlo. El Frente Amplio tiene mayoría absoluta en el Parlamento y no necesita de nadie para sacar las leyes que quiere: no va a pedir una colaboración que no precisa. En ese contexto -que es la situación real de hoy y fue la de ayer- el interjuego, saludable y democrático, se procesa en el control, el freno y la denuncia. Es bueno para el país y lo es hasta para el gobierno que no tiene fuerza propia para controlar la locura interna del Frente.

Pero la división grave, la que ha envenenado el alma del país, no está ahí. Para nada. Es otra cosa y no es bueno desorientarse. Sucede que se ha difundido -y se ha conseguido imponer como sentido común- un discurso político polarizante y se ha conferido legitimidad a un proyecto político excluyente. Dentro del Frente Amplio es dominante un relato falsificado de la historia reciente y una descripción aviesa del país, partido entre lo popular y lo antipopular, los que están por la justicia y los que están por el provecho propio, el progreso y el regreso. En esa perspectiva no se construye Uruguay con la interacción de los diferentes sino, por el contrario, con la capitulación del otro y su exterminio. Del mismo modo como la dictadura consideró que no se podía confiar con la izquierda en nada y que había que extirparla, así funciona ahora la convicción inversa en sectores principales del Frente Amplio.

El Uruguay se ha fracturado por la enorme fuerza que cobraron los discursos excluyentes. La mayoría de los uruguayos (incluidos votantes frentistas) no comparte ese relato pero no ha tenido hasta ahora fuerza como para neutralizarlo. Es aquí donde debe aplicarse la dedicación de quienes deploramos la división: en la ideología que la alimenta. Ese es el terreno de trabajo: la cabeza de la gente que, en su mayoría, es receptiva pero espera los liderazgos que la esclarezcan.

Be the first to comment

Deja un comentario