La escritura de nuestros estudiantes de Derecho

fulvio gutierrezPor Fulvio Gutiérrez. En la revista “Tribuna del Abogado”, órgano de publicidad oficial del Colegio de Abogados del Uruguay, la ministra de la Suprema Corte de Justicia Dra. Elena Martínez, hace una serie de reflexiones sobre los errores ortográficos y la mala expresión escrita y oral de los estudiantes de Derecho.

En nuestra condición de Profesor de la Facultad de Derecho de Salto, hemos constatado desde hace bastante tiempo la veracidad de tal afirmación, con el agravante que se incrementa año a año, llegando a constatar situaciones verdaderamente risueñas y absurdas que nos han llevado más de una vez, a hacernos esta pregunta: ¿Cómo es posible que este estudiante haya llegado a Facultad?

Nos asombran los errores (tal vez deberíamos decir “horrores”) ortográficos que cometen los estudiantes en sus exámenes escritos; su falta de capacidad para redactar en forma medianamente correcta una frase de diez palabras (lo que se denomina sintaxis); los errores conceptuales en términos no ya jurídicos, sino propios de cualquier expresión escrita que denotan desconocimiento de la conjugación del tiempo de los verbos, confusión en cuanto al significado de adjetivos y hasta ignorancia de aquellas palabras que deben comenzar con letra mayúscula. Y tal vez lo más grave: la falta de comprensión lectora, es decir, la incapacidad para trasmitir lo que el estudiante piensa a través de la escritura (decodificar ideas).

Para colmo, con la implacable generalización de los “sms”, se ha ido creando una nueva forma de escritura en cierta forma codificada, que podría entenderse como el lenguaje de los celulares, pero que los estudiantes la han generalizado para todas sus escrituras, y los exámenes escritos parecen códigos que antes de corregir los conceptos de fondo, deben ser traducidos en cuanto a su forma.

En más de una oportunidad, nos hemos visto tentados a guardar algunas barbaridades que escriben los estudiantes (tenemos unos cuantos ejemplos), para tener un material similar al que utilizó el Mtro. Juan Ma. Firpo hace unos cuantos años, cuando escribió su “Humor en la Escuela”, y entonces publicar algo parecido con el título de “Humor en Facultad”. Pero nos hemos frenado porque el tema no pasa por ahí; pasa por buscar y en su caso, proponer alguna solución que reencamine la escritura de nuestros estudiantes universitarios de Derecho.

Muchas veces hemos conversado con colegas docentes, y hemos hablado del tema en algún órgano universitario. Siempre chocamos con una vieja reflexión que por cierta y verdadera, no deja de ser inconveniente: la Universidad no enseña a escribir; para eso están Primaria y Secundaria.

Si, es verdad. Pero la realidad nos demuestra que ni Primaria ni Secundaria están cumpliendo con sus más elementales cometidos, más allá de que conocemos por boca de maestros o profesores, que en sus respectivos ámbitos, cuando se plantean estos problemas, ambos se culpan mutualmente, y al final, concluyen que en definitiva, el problema proviene de la casa y de la mala educación que cada familia le da a sus hijos.

¡Mirá que solución! Cada uno se saca el sayo de arriba y culpa a los demás. Pero el problema sigue vigente, se agrava año a año, y nadie atina siquiera proponer a una forma de corregir esta situación.

Es verdad que la base de toda educación está en la familia, y que lo que el niño aprende desde chico en su seno, es algo que queda para siempre y será, sin duda alguna, la base de toda la pirámide educativa que viene después. Pero este análisis agrava el problema. Hoy la familia –como institución- está pasando por una profunda crisis, al punto tal que no tenemos temor a afirmar que se ha producido una especie de desintegración de la familia, por lo menos si la comparamos con la familia en la cual nosotros nos criamos a mediados del siglo pasado.

Hoy las necesidades socio-económicas han desintegrado a la familia: ambos padres tienen necesariamente que trabajar; se cortó entonces la diaria relación directa con sus hijos; a veces ni los ven durante el día o ni siquiera almuerzan juntos; y en un gran porcentaje, muchas son las veces que ni saben donde están ni con quien andan. Menos aún saben cómo les va en la escuela o en el liceo, y la incomunicación ha llegado a tal grado, que hay un porcentaje grande de padres que no conocen el año escolar en que están sus hijos, ni quiénes son sus maestros o profesores.

Pero lo grave de la consecuencia que señala la Dra. Elena Martínez, es que todo ese proceso de educación y enseñanza que viven nuestros hijos actualmente, puede repercutir –y ya ha repercutido- en la preparación de nuestros jueces. Porque nuestros jueces son –precisamente- egresados de la Facultad de Derecho, y por lo tanto, su base educacional y jurídica, está en relación directa con los problemas que señalamos anteriormente.

Es verdad que son preparados en el Centro de Estudios Judiciales (CEJU) antes de ser designados jueces; pero este organismo también se encuentra con que la formación previa a su especialización resulta deficitaria. Entonces ¿cuál fue la decisión de urgencia tomada?: reducir las exigencias para el ingreso de los candidatos a jueces en el CEJU. Es decir, la peor decisión. Los jueces tienen que aspirar a niveles de excelencia. Si no los tienen o si no los logran, pues entonces no pueden ser jueces. Que se dediquen al ejercicio de la abogacía y punto.

En definitiva, la Facultad de Derecho, como institución, debe analizar el tema a fondo, y buscar alguna solución.

De entrada debemos descartar una solución que provenga de Primaria o Secundaria porque si hacemos eso, morimos en la demanda.

Hoy estamos ante un cambio importante pues ya se ha dispuesto una modificación en la estructura de los programas de Derecho. La carrera pasará a tener cinco años y se dividirá en semestres con un sistema de créditos. Pero falta analizar muchas cosas, entre ellas las materias de cada año y de cada semestre.

Bueno, aquí está la punta de la piola. El estudiante de Derecho debe tener un mínimo de eficiencia en idioma español. Si no lo tiene, no podrá iniciar la carrera. Parece duro pero no lo es. Apostemos a ser duros para ser mejores abogados, y en su caso, mejores jueces.

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