La autocrítica entre la derecha y la izquierda

esteban valentiPor Esteban Valenti. La autocrítica es una de los principales factores de diferenciación entre la derecha y la izquierda. Tanto desde el punto de vista ideológico, práctico, como histórico. Se puede decir que sin autocrítica no hay izquierda.

Comencemos grueso y nacional. ¿Alguien puede recordar una autocrítica de la derecha o del centro derecha en el Uruguay? ¿Por ejemplo por la decadencia de más de 50 años, por las crisis sucesivas, de 1999 y en particular del 2002 y el 2003? ¿Por los resultados de los sucesivos gobiernos democráticos a partir de 1985? Cero.

No es una cuestión entre buenos y malos, sino entre diferentes. Somos diferentes en muchas cosas, pero una de las principales diferencias es porque nosotros nacimos para cambiar, para poner en discusión el orden establecido y ellos para conservarlo o a lo sumo retocarlo lo menos posible o al menos dejar incólumes los pilares básicos del sistema.

El origen de la denominación derecha e izquierda es totalmente fortuita pero con un profundo significado, era la ubicación de los delegados en la asamblea nacional surgida luego de la revolución francesa que sesionó en agosto y setiembre de 1789. Del lado derecho del presidente de la asamblea se sentaban los diputados que apoyaban el veto real a cualquier resolución de la propia asamblea. Estos diputados eran mayoritariamente aristócratas y pertenecientes al clero. La ubicación a la derecha era además de privilegio, seguían considerándose especiales y diferentes. Del lado opuesto, a la izquierda estaban los que se oponían al veto real, se llamaron a si mismos los “patriotas”, eran los diputados del “Tercer Estado”, es decir la población carente de cualquier privilegio.

Los sectores que componían el Tercer Estado eran: el campesinado, la burguesía, artesanos de diversos oficios, organizados en gremios o cofradías y los comerciantes o mercaderes y la plebe urbana. Estos que comenzaron oponiéndose a poderes extraordinarios para la monarquía, avanzaron en todo el proceso posterior en la subversión del orden establecido.

El eje definitorio del pensamiento y de la acción de la izquierda, desde su nacimiento y posteriormente en toda su evolución, fue y sigue siendo el cambio social y para ello se requieren ideas revolucionarias que sean capaces de someter todo a la crítica. Y ese es el punto clave, para que el método crítico tanto en las disciplinas sociales, como en cualquier ciencia sea válido no pueden existir verdades que queden fuera del alcance de la crítica, inclusive las ideas y acciones de la propia izquierda, de sus hombres y mujeres, de sus movimientos e incluso sus construcciones históricas.

Cuando la izquierda entregó las banderas de la crítica y la autocrítica se comenzaron a derrumbar los pilares de su propia existencia y de su método de análisis. En la historia fue precisamente la construcción de barreras infranqueables para la crítica en los países y partidos comunistas lo que derrumbó el sistema socialista real. Perdieron su principal herramienta y su identidad básica, elevando sus textos, sus autores a los pedestales de lo indiscutible.

La autocrítica no es solo un acto de autoexamen individual, es una componente natural y obligatoria del método crítico. Cuando un rincón de las ideas de izquierda, avanzadas y transformadoras o de las construcciones políticas, económicas, sociales y culturales queda afuera de la crítica, comienza su inexorable decadencia y su burocratización.

Hay una salvedad importante, durante oscuros periodos, en particular en el estalinismo, la autocrítica funcionó como un terrible método de autoinculparse ante la policía secreta y los supuestos “tribunales”, algo similar funcionó durante la revolución cultural maoísta en China. Fueron simplemente deformaciones totales del concepto. Les hicieron la “autocrítica” a millones de cuadros y militantes revolucionarios, los aniquilaron o los “reeducaron” en los gulag o en campos de trabajo.

Muy lejos está el uso pleno de la crítica, incluyendo la autocrítica de una actitud de arrepentimiento confesional de carácter religioso. Juega en otro terreno y con otros fines.

La autocrítica no es tampoco exclusivamente una actitud individual, se integra a la concepción orgánica del intelectual colectivo, del pensamiento y el abordaje crítico por parte de las organizaciones que se proponen cambiar la sociedad y cambiarla en forma permanente.

Hace muchos años un dirigente del FA de origen nacionalista me dijo: “ustedes hacen autocrítica, yo simplemente cambio”. Para la izquierda cambiar simplemente, sin una base de razonamiento profunda y muy exigente con nosotros mismos pone en discusión nuestro rumbo y nuestros valores.

La autocrítica es un rasgo e profunda diferenciación ideológica de la izquierda. Nosotros nos sentamos desde nuestro nacimiento a la izquierda de la asamblea nacional, porque no estábamos predestinados a ejercer el poder, nos lo debíamos ganar siempre y en forma constante. No estábamos ni estamos – como considera la derecha – predestinados por origen de clase, por pertenecer a alguna corporación o por nuestra riqueza a ocupar el poder. Nuestro lugar geográfico a la izquierda, el de la plebe, los que tenían ningún privilegio ni aspiraban a tenerlos, es parte esencial de nuestro ADN.

Una de las deformaciones reiteradas de la autocrítica, suele ser el subjetivismo, la pérdida de los objetivos políticos colectivos y el extravío en la búsqueda de las causas de los errores. La autocrítica integrada, indisoluble con el pensamiento crítico exige acciones, rectificaciones, por ello se reclama una acción permanente, dinámica y métodos de corrección rigurosos y alejados de toda auto complacencia.

Nada más alejado de una verdadera autocrítica que alimentar por esa vía la egoteca de algunos dirigentes. Son los resultados los que miden la seriedad y profundidad de la autocrítica, no su sensiblería, ni su valor retórico.

La política y sobre todo el ejercicio del poder como parte esencial de la política, requiere, en el caso de la izquierda de un profundo sentido crítico y autorcrítico, no hay otro instrumento para seguir avanzando, arriesgando, proponiendo programas, acciones, ideas y actos transformadores y para combatir la burocratización a todos los niveles.

La burocracia, es enemiga jurada de la autorcrítica, no figura en ninguno de sus expedientes, porque más allá de su valor instrumental, organizacional, la burocracia es uno de los soportes principales de la conservación de los sistemas y la decadencia de la izquierda.

La izquierda uruguaya actualmente no se encuentra ante un problema solamente teórico en el uso adecuado de la autocrítica, sino que vive un momento clave en su propia historia a partir de su obligación ante la sociedad, ante sus objetivos históricos, ante su propia ética de analizar sus errores y sus aciertos. Proceso totalmente indivisible.

Cuando algunos interpretan el debate sobre ciertas circunstancias críticas de actualidad, desde la absoluta pobreza de sus cálculos electorales y lo reducen a un debate interno por posiciones de poder, no solo multiplican los errores, los tratan de ocultar, o se encomiendan al hallazgo de petróleo para su renacimiento electoral, no solo bloquean los caminos para las soluciones verdaderas, además transmiten un mensaje de que el poder, es capaz de generar sus propios cercos a la crítica y situarse por encima de los ciudadanos. Y eso es letal para la izquierda.

No es letal en términos de votos, de consenso social, sino que dinamitan la propia identidad de la izquierda.

Desde la propia historia de la izquierda surge una pregunta muy aguda ¿Dónde debe producirse la autocrítica? ¿debe restringirse a los ámbitos cerrados del poder y del partido?

De cómo respondamos esta pregunta estaremos definiendo algo mucho más vasto e importante que es nuestra actitud ante los ciudadanos, ante el Tercer Estado y ante la Nación. No es sólo ni principalmente porque los errores que se cometen en el Estado se pagan con dineros públicos aportados por todos, sino porque no hay posibilidad sería, constante de cambios, sin el empoderamiento permanente de los ciudadanos, del pueblo y eso se pone a prueba en particular en los momentos críticos. La autocrítica desde el poder no tiene ningún valor, dentro de los círculos del poder mismo, es la bastardización de la autocrítica.

Y hay un último elemento al que quiero referirme, el aspecto moral. No hubo, no hay ni habrá nunca una épica de los cambios, sin una moral de esos cambios, sin una cultura de una nueva relación entre el poder y los ciudadanos. No nacimos hace casi dos siglos y medio para cambiar los titulares de los privilegios, sino para luchar por eliminarlos, por brindarnos entre todos igualdad de oportunidades. Y ese es un poderoso mensaje ético, que se desvanece cuando las metidas de pata se ocultan o se pretenden ocultar porque las hicieron los nuestros, o nosotros mismos.

Be the first to comment

Deja un comentario