Junio refleja lo mejor y lo peor

Por Mónica Xavier. Proyectar el país e inaugurar escuelas, liceos, universidades; diseñar una nueva matriz energética y lograr que la producción eólica supere las fuentes tradicionales; profundizar diálogos y expandir fronteras; recordar compañeros entrañables y recibir a las nuevas generaciones; innovar en materia laboral, comercial, tributaria y tantas cosas más, define nuestra forma de hacer política, compartir esperanzas y perseguir sueños.

Todos los días nos levantamos con la sencilla idea de mejorar. De que las futuras generaciones, nuestros hijos, puedan vivir en un país más solidario y más equitativo, en el que las oportunidades lleguen por méritos propios, donde la recompensa sea resultante del esfuerzo y la honestidad.

Ser de izquierda es promover políticas que refuercen la cooperación y le pongan límite a la mezquindad. Sin embargo, vivimos en un mundo donde predominan diferencias abrumadoras y el egoísmo encuentra excusas inauditas.

Mienten descaradamente quienes componen un relato de ricos y pobres como algo inevitable: utilizan la estrategia de naturalizarlo y hacerlo sentir como que fuera la única manera de existencia posible. Peor aun cuando se repite la asociación de pobreza a falta de mérito o pereza. Qué bronca me da la frivolidad. La pobreza y las desigualdades son evitables y no caen del cielo

Nosotros, en nuestro país, desde los gobiernos de izquierda, nos revelamos ante esto. Y lo hacemos poniendo en práctica medidas concretas, que han dado resultados incontrovertibles: abatimiento de la pobreza, aumento de salarios, planes sociales como nunca antes.

De ese modo se contribuye a fortalecer la clase media y a robustecer la democracia, en la que tres de sus patas esenciales son Educación, Trabajo y Seguridad. No hay futuro sin educación pública de calidad. No hay futuro sin respeto por las condiciones laborales. No hay futuro si se ataca a las maestras. Nuestra sociedad no puede admitir que las maestras sean agredidas por padres iracundos. Es injustificable.

Logramos distanciarnos enormemente de la nefasta situación en que estábamos hace diez años aunque aún estamos lejos de los objetivos deseados. Seguir superándonos exige humildad para corregir y lograr acelerar los procesos en marcha.

Estamos determinados a alcanzar las mejoras estructurales prometidas en este tercer período progresista que deberán ser apuntaladas por la Ley de Presupuesto. Allí está otra de las patas de la democracia: cumplir con los compromisos electorales. En definitiva hacer de la política un lugar confiable, generoso y capaz de implementar planes que den verdaderas oportunidades a la ciudadanía.

Todo eso que había sido arrasado hace algunas décadas, y que horadó la confianza ciudadana, engendró violencia y enfermó al Estado. Aquello que desembocó en el Golpe del 27 de junio de 1973, del que en esta semana se cumplen 42 años, que es parte de nuestra historia, que no debemos olvidar para que nunca más vuelva a suceder.

También en este junio se cumple el bicentenario del Congreso de los Pueblos Libres, convocado por el Gral. José Gervasio Artigas. Tiempos en los que se extendían las ideas artiguistas y se consolidaba la figura de nuestro prócer como un líder de masas: un frente social compuesto por peones, gauchos, aborígenes, afrodescendientes e incluso hacendados, del litoral de las Provincias Unidas de América del Sur, que luchaban contra el absolutismo portugués, la ambición británica y el centralismo porteño.

En aquel Congreso -iniciado 29-6-1815- se resolvió proclamar la independencia respecto de todo poder extranjero, la reforma de los reglamentos de tierras y de aranceles y la organización institucional federal.

Junio refleja lo mejor y lo peor de nuestra historia. Nos convoca a la reflexión, a la acción y a la memoria. Nos convoca a hacer los máximos esfuerzos por la unidad de nuestra fuerza política para seguir impulsando solidaridad, desarrollo e inclusión.

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