Intelectuales y política, otra vez

Por Adolfo Garcé. La semana pasada el diario El País (en su editorial del miércoles 27/05) y Brecha (en un dossier especial) se refirieron al tema de los intelectuales y la política o, mejor dicho, al de los intelectuales uruguayos. Ambos textos son polémicos y contribuyen a un debate siempre necesario.

El severo editorial de El País sostiene que “hay un doble estándar moral” para juzgar a los intelectuales uruguayos”. A los de izquierda se les concede estatus de tales, carácter científico y “patente de corso”: “Cuando (…) opinan desde su cátedra sobre algún tema de actualidad, en pose de próceres de la Patria, nadie les cuestiona si sus opiniones como ‘expertos’ están viciadas por su ideología política”. En cambio, “para quienes no comulgan con la izquierda todo se vuelve cuesta arriba”: “Cuando (…) opinan se da por descontado que lo hacen enfervorizados por su afán opositor y haciéndole los mandados a las multinacionales y al capitalismo salvaje”.

Yo no creo que exista un doble estándar moral. Hay un único estándar, muy exigente, signado por la sospecha y la desconfianza. Intelectuales y expertos siempre han estado y estarán bajo vigilancia. Lo habitual entre nosotros es que ciudadanos y políticos tiendan a pensar que intelectuales y expertos están al servicio de un proyecto político. La verdad es que son pocos los que creen, fuera pero también dentro del mundo intelectual, que sea posible y/o necesario mantenerse alejados de los partidos políticos y de las luchas por el poder. Para decirlo más claramente todavía: son muy pocos los que piensan que sea posible tener pasión por los asuntos públicos sin tener como meta, más o menos explícita, más o menos asumida, llevar o traer votos de aquí para allá.

Desde luego, muchos intelectuales, en cada generación a lo largo de la historia, han ayudado a volver más creíble esta tan extendida sospecha. La mayoría de los intelectuales y expertos en Uruguay, tarde o temprano, han terminado alineándose en función de partidos y plegándose a las luchas por el poder. Este fenómeno es muy viejo. Los “doctores”, en el siglo XIX, una vez que comprobaron que no podían erradicar el “caudillismo” (fracasados los sucesivos intentos de exclusión como la “política de fusión”), pactaron con las “divisas” y se subordinaron a los “caudillos”. A principios del siglo XX muchísimos colaboraron intensamente con el batllismo. En tiempos de la “generación del 45”, intelectuales y expertos se alejaron de los partidos tradicionales. Pero fue apenas el prólogo, para la mayoría de ellos, de un intenso proceso de realineamiento que los condujo a formar parte de la amplia coalición política y social frenteamplista.

Los autores del dossier de Brecha se ocupan, más en general, del papel de los intelectuales en algunos de los países en los que gobiernan partidos identificados con el “giro a la izquierda” en la región (Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador, Uruguay, Venezuela). Todos ellos dan cuenta del amplio apoyo recibido por sus respectivos gobiernos por parte de la intelectualidad, cuestionan la conversión de muchos investigadores y universitarios en consultores o, directamente, funcionarios de esos gobiernos, y hacen el elogio del “intelectual crítico”. Alicia Lissidini, una de las organizadoras del dossier, explicita este punto con toda claridad: “La ausencia o la escasa presencia pública de intelectuales autónomos obtura el debate y lo mercantiliza. Abogamos por la vuelta de los intelectuales intrusos, incómodos para los poderes políticos y económicos”.

Completamente de acuerdo. Ojalá vuelvan los “intelectuales intrusos”. Hacen falta más intelectuales y expertos, dentro y fuera de las universidades, decididos a llamar a las cosas por su nombre, sin tomar en cuenta quién gana votos y quién los pierde. Pero me gustaría agregar dos consideraciones. En primer lugar, no olvidemos nunca que partidos e intelectuales se requieren mutuamente. Los partidos precisan intelectuales y expertos en sus filas. Los intelectuales alineados contribuyen a mejorar tanto la vida interna de los partidos como sus desempeños en el gobierno. Pero, al mismo tiempo, como hace muchos años en sus escritos sobre el “tercerismo” en Uruguay argumentara Aldo Solari, el contacto con los partidos mejora a los intelectuales (los vuelve más realistas y menos prejuiciosos). En segundo lugar, no olvidemos nunca tampoco que, al menos en Uruguay, hay poco espacio para el intelectual autónomo. En su lugar, existen fuertes presiones hacia la partidización. Esto no es ninguna novedad. Siempre fue así como nos lo recordaba, hace un siglo, uno de los más importantes referentes de la filosofía uruguaya. Decía Carlos Vaz Ferreira: “Cada generación que aparece es una nueva corriente que se dirige al porvenir: llegaría completa hasta él si no existiera un abismo, el remolino de la política en que van a precipitarse todas esas inteligencias. El remolino las absorbe y las estrecha a medida que va estrechando sus espirales”.

Vaz Ferreira creía que el “remolino” de la política “estrechaba” la inteligencia de las nuevas generaciones. A veces pasa. Pero tampoco es tan infrecuente el dogmatismo entre los intelectuales que no están alineados con los partidos políticos (hay muchas maneras de ser sectario). Eso sí, el debate público ganaría en calidad si, junto a los imprescindibles alegatos partidistas, circularan más argumentos formulados por estos incómodos “intrusos”.

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