Inclusión

Por Mónica Xavier. La semana pasada sucedieron hechos de extrema importancia. Algunos muy positivos y otros definitivamente negativos. Dentro de los primeros, destaco la aprobación del Sistema Nacional Integrado de Cuidados (SNIC); entre los segundos, la eclosión en el hogar Ceprili del INAU.

Repasemos. El miércoles pasado se le dio media sanción al proyecto de SNIC, que contó con el voto favorable de todos los partidos con representación en el Senado. La unanimidad alcanzada en la cámara alta demuestra la sensatez y sensibilidad de la propuesta de gobierno al plantear la prioridad de este asunto.

A ese consenso en el arco político hay que sumarle los significativos aportes de las organizaciones sociales, surgidas en miles (literales) de reuniones mantenidas, con el propósito de mejorar un sistema que tiene objetivos muy ambiciosos y de impacto para varias generaciones.

¿Cuáles son las finalidades que se plantea el SNIC? Antes que todo, consagrar el derecho de las personas a ser cuidadas, ya sea porque son dependientes por una discapacidad, porque no se han adquirido las habilidades suficientes o porque se han perdido en la extensión del ciclo de vida.

La implementación de este Sistema tiene múltiples dimensiones. En esta ocasión les propongo centrarnos en una de ellas, que nos exige terminar con la exclusividad de roles de cuidado asignados a las mujeres. Se debe tener consciencia del egoísmo que ello implica y las potencialidades que se limitan.

Todas las personas tenemos derecho a desarrollarnos, ya sea en el plano laboral, educativo o de lo que se tenga voluntad; esto que es de perogrullo, también todos sabemos que nunca ha sido parejo entre hombres y mujeres. Existen barreras que debemos derribar.

Pues bien, para verdaderamente ampliar oportunidades de desarrollo personal, en el área que sea, debemos ser equitativos en la distribución de responsabilidades de cuidados. Esta es una verdad incontrastable y de solución impostergable a la que apunta este sistema. Un gran desafío que no admite dilatorias.

Otra de las dimensiones que queda clara desde el propio diseño del SNIC, es que no es una política pública que esté dirigida solo a determinados quintiles de la sociedad. No hay que concebirla exclusivamente como lo hacemos, por ejemplo, con el Panes, en donde apuntamos a soluciones compensatorias de los déficits económicos. Lamentablemente, aún necesarias.

En un ejemplo: las mujeres, de cualquier origen social, tendrán los apoyos necesarios – cuando así lo requieran – para no tener que postergar la maternidad. Todos conocemos la realidad: en nuestro país, y en el mundo, esa decisión, en muchos casos, se retrasa ante la posibilidad de una carrera laboral. Generar una disyuntiva entre progreso económico – laboral vs postergar la decisión de traer un hijo al mundo, es tan injusta como aceptada. Y no está nada bien ninguna de las dos cosas.

Es por eso que esta ley primero contribuye a restañar y luego a revertir este dilema que se les impone a las mujeres – y a las familias-. Esto tan básico y que no resiste ninguna discusión, supone promover y fomentar la responsabilidad masculina en las tareas domésticas del cuidado. A la misma vez, no hay sistema de cuidados, por más perfecto que sea su diseño, que tenga éxito si no somos capaces de cambiar estas cuestiones ancestrales y así poder implementar algo tan lógico como la corresponsabilidad en el hogar.

Aquí no hay ninguna penitencia ni nada que se le parezca. Muy por el contrario, también se generan las condiciones para que los varones puedan disfrutar de los afectos en el cuidado de sus hijos y en el involucramiento con todas las tareas que corresponden al núcleo familiar. Representan acciones que hacen a la mejor convivencia.

Así concebimos sociedades más equilibradas y con más oportunidades en las que se respeta y promueve todo aquello a lo que toda persona tiene derecho. Tan básico como eso. Si tratamos derechos, desarrollo personal, contención, es insoslayable volver a condenar lo ocurrido en el Ceprili. Y actuar en consecuencia.

Episodios de esa naturaleza, inadmisibles e injustificables, representan evidencia de todo lo que resta por hacer – sin desconocer todo lo avanzado – para que nunca más ningún uruguayo tenga que padecer la vulneración de sus derechos; mucho menos desde el propio Estado.

Ninguna sociedad puede caminar hacia el desarrollo si no lo hace desde la inclusión.

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