Imperialismo e izquierda

hebert-gatto-fernandezPor Hebert Gatto. Se sabe que salvo en sus inicios, a fines del siglo XIX, cuando la izquierda manifestó su apoyo al libre cambio, su práctica posterior supuso una cerrada oposición al mismo, así como una condena a ciertos usos del relacionamiento comercial entre naciones visualizadas como imperialistas.

Una posición crítica rodeada de un vasto aparato teórico (las doctrinas sobre el imperialismo), que se mantiene lozana hasta el momento y sobre la que urge reflexionar en tanto dificulta la indispensable apertura comercial del país. Con la previa aclaración que no todos los anti- imperialismos pertenecen a la izquierda, en tanto para algunos alcanza con sentirse nacionalista para adherir en mayor o menor grado a los mismos.

En su versión más generalizada el imperialismo es la pretensión de un estado de imponerse (cultural, política o militarmente) sobre otro u otros. Un fenómeno tan común que puede encontrarse en cualquier época histórica. Sin embargo, por convención, se denominan como imperialistas las políticas iniciadas en el siglo XIX luego de la Revolución Industrial por las potencias europeas para acceder a materias primas, colocar excedentes de capital, ingresar a nuevos mercados o más ampliamente, dominar a estados periféricos, valiéndose para ello de su predominancia.

Mientras por imperialismo económico se entiende este mismo fenómeno, pero acotado a las relaciones económicas, de las que constituye un caso específico, caracterizado según la teoría de la que se parta, pero generalmente contrario a los intereses de las naciones subdesarrolladas. Pese a que en esta materia distinciones y acuerdos estén lejos de ser nítidos. De allí que sean muchas las concepciones sobre el imperialismo, aunque aquí nos limitaremos a las manejadas por la izquierda en tanto ella gobierna en nuestro país.

Para Lenin, que realiza una particular y celebrada lectura del marxismo, el imperialismo aparece co-mo paso previo del auge del capitalismo, del que sería la última etapa, anterior al advenimiento del socialismo. De donde el nombre de su conocida obra: “El imperialismo fase superior del capitalismo”.

En esta lectura Lenin basó gran parte de sus desarrollos teóricos, aunque ellos no resultaran congruentes con la elección de Rusia, como primer país socialista de la historia.

En el mejor de los casos, el imperialismo parecía explicar lo sucedido en un siglo anterior, donde Inglaterra, que había inaugurado la revolución industrial, aspiraba a dominar el mundo y requería mercados donde colocar sus inversiones. Lo propio, aunque en menor escala, ocurría en Francia, Alemania o Bélgica, embarcadas en estrategias expansionistas, pese a la relativa inmadurez de su capitalismo, coor-dinado desde el Estado.

Por más que actualmente, revisionismo mediante, se considere que en términos estrictamente económicos el colonialismo fue un mal negocio para sus promotores, pese a los terribles daños que supuso para las colonias. Con lo cual el imperialismo, que supone ventajas para el dominante, no debería confundirse con el colonialismo, dos fenómenos de diferente naturaleza. Por su lado los EE.UU. si bien incurrieron en un sinnúmero de actos de piratería internacional, algunos de altísima gravedad, como ocurrió con México a mitad del siglo XIX, posteriormente no tuvo al imperialismo económico como filosofía de estado, ni basó en este su desarrollo. Aun cuando en la segunda posguerra hiciera valer en todas las latitudes, más por motivaciones políticas que económicas, su peso como estado dominante, impulsando “urbi et orbi” su influencia.

De todos modos y pese a su menguante fama, una vez refutada o erosionada la teoría marxista del valor por obra del economista italiano Piero Sraffa, esta explicación del imperialismo no se mantuvo vigente. Ni el capitalismo parece agotado, ni las periferias desbastadas por su dominio. Basta con reparar en el reciente desarrollo del Sudeste asiático o de la propia China, fenómenos inexplicables desde sus parámetros.

No obstante sus huellas permanecen en la izquierda que cambia las palabras pero no los conceptos, alumbrando concepciones como las de Theotonio Dos Santos o André Gunder Frank, en la llamada “Teoría de la Dependencia”, en auge en las décadas del sesenta y setenta. Para la cual el atraso irreparable de los países latinoamericanos (y africanos o asiáticos) era motivado por el desarrollo de los centros capitalistas, en tanto conforman un sistema de dos caras. Lo que este último gana el otro lo pierde. Una tesis nuclear del antiimperialismo de las guerrillas del continente, que Eduardo Galeano supo dramatizar y los revisionistas trasladaron a la historia del continente.

Actualmente, desprestigiado como teoría, el imperialismo, en manos populistas, constituye un concepto aun más burdo: ya no es un sistema económico, ni una etapa en un conjunto temporal, como pretendía Rosa Luxemburgo: es un producto exclusivo de la rapacidad capitalista. Tal como pregona el Pit-Cnt, que solo aspira a la Patria Grande.

En este contexto el Uruguay, un pequeño punto en el mapa, no puede aislarse del mundo, alegando el antiimperialismo como razón, tal como lo hizo al alejarse de las negociaciones por el TISA. Ello en función de mantener como premisa inalterable al antiimperialismo tanto en su versión socialista, comunista, guerrillera o populista. Lo que revela, aquí y afuera, la pregnancia de prejuicios ideológicos muy arraigados, en una suerte de reflejo identitario que impide su renovación.

Más lógico sería que procurara modernizarse e insertarse en el mundo, aprovechando para ello las ventajas relativas del país. Ello, es obvio decirlo, sin merma de su disposición a defender nuestra soberanía, así como el derecho y la moralidad internacional. Por más que, como bien sabemos, las ideologías puedan más que los hechos.

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