En memoria

Por Leonardo Silva Pinasco. En el gobierno, como en todo, se hacen cosas bien y cosas mal. El problema –para el gobernante- es que suele hablarse más de lo negativo que de lo positivo de las cosas que se hacen, sean estas actividades o expresiones que se dicen.

Uno puede equivocarse una vez, y nada, queda por eso. A la segunda equivocación se podrá decir, bueno, ta, es una coincidencia que esta persona se equivoque de nuevo. Ahora, a la tercera, termina siendo una confirmación que esa persona no está bien o más que un error, es su forma de ser o de pensar por lo que no debería estar donde está.

La primera vez fue un 2 de noviembre cuando dijo dedicarle el día a un sector de otro partido político. La segunda vez, fue cuando hizo comentarios totalmente agraviantes y fuera de lugar ante el fallecimiento de un ex presidente de la República. Y la tercera ocurrió la semana pasada, cuando dijo expresamente que había invitado a una feria del libro a una persona fallecida, quien habría confirmado su presencia. Evidentemente este muchacho tiene un problema no resuelto en terapia con la muerte.

Todos tenemos derecho a equivocarnos porque somos seres humanos, pero cuando se ocupa un cargo de responsabilidad no solo política sino también institucional, se debe tener especial cuidado tanto en dichos como en acciones porque cada una de ellas serán medidas por el pueblo. Por lo que ya a esta altura es difícil de seguir justificando la presencia de una persona en el gobierno que solo trae problemas, incluso que trasciende lo meramente doméstico departamental dejando en ridículo a Salto.

Ese es un tema. El otro tema, y que quede claro que no soy quien para defender a este muchacho de una nueva burrada que se mandó (Campodónico fue más sutil al tratarlo con otro adjetivo, “ignorante”) -dejando en claro además, qué tipo de cultura lleva adelante la intendencia de Andrés Lima-, es que hasta que no fue publicada la carta de Campodónico en el semanario Búsqueda, nadie, ninguno de los intelectuales locales, ni profesores de literatura ni nadie cercano a las letras, había dicho nada sobre el error de dicho jerarca municipal.

En conclusión, se puede demostrar una “ignorancia supina” (Campodónico dixit) tanto al hablar como al callar. Hablar entonces con el diario del lunes y rasgarse las vestiduras señalando al jerarca por el soberano error cometido, no solo habla mal del susodicho sino de uno mismo. Así que a guardar los cuchillos y hacer un voto de silencio en memoria por la cultura perdida.

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