En familia

Por Gerardo Sotelo. El sábado pasado publiqué un artículo en mis perfiles de las redes sociales titulado “Conflicto en la Enseñanza: por qué no debería esperarse que se levanten la esencialidad ni la huelga… por ahora”.
Lo curioso no es que me haya equivocado sino que la gente siguió reproduciéndolo en sus propios perfiles para que leyeran sus amigos y conocidos, tres días después de conocido el acuerdo entre el gobierno y la CSEU por el cual se levantó la esencialidad sin que se terminara la huelga.

El artículo pretendía analizar las mejores opciones con las que contaba cada parte, pero por lo visto me dejé llevar por el entusiasmo (tantas veces fruto de la soberbia) o bien las partes no tomaron las mejores decisiones. Allí decía que el de la Enseñanza es un conflicto “de familia”. Una derrota del gobierno frenteamplista puede significar, a largo plazo, también una derrota de los sindicatos y viceversa.

La relación simbiótica entre FA y PIT-CNT puede ser conflictiva en ocasiones pero no es muy diferente a los problemas entre una madre y un hijo: más tarde o más temprano, hay que esperar una reconciliación. Pero lo que resultaba relativamente sencillo en las cúpulas, no lo fue tanto en las bases, y las fuerzas frentistas opositoras al decreto, junto a la dirigencia de la central sindical, sólo pudieron alinearla parcialmente.

El acuerdo significaba la derrota del gobierno y la de la propia CSEU, que deponía las medidas de lucha sin obtener a cambio nada mejor a lo ya rechazado por sus bases. Por extraño que parezca, los gremios radicales fueron los únicos que actuaron con lógica y previsibilidad. Observando que el gobierno estaba fracturado y debilitado, le dieron un portazo en la cara y no levantaron la huelga. Podrá ser una lógica destructiva, que terminará afecta negativamente a la organización sindical, pero al menos responde a cierta racionalidad. Fuera de eso, lo que tenemos es la interna frentista, una sucesión de vendettas fulleras (ora políticas, ora sindicales) que sus votantes comienzan a percibir en toda su riesgosa dimensión.

Quizás quien la expresó con mayor franqueza fue el director de Trabajo, Juan Castillo. El militante sindical comunista reconoció en una entrevista con Radio Sarandí que, enfrentado a la disyuntiva de alinearse con el gobierno del que forma parte o con sus compañeros políticos y gremiales, optó por estos últimos. El ministro de Trabajo, Ernesto Murro, negociador y artífice de la fallida decisión de Vázquez de decretar la esencialidad donde no correspondía, tiene como su principal espada a un síndico, una suerte de interventor gremial y partidario. Alguien podrá decir que otros directores actuaron con la misma parcialidad en favor de los empresarios. Sería igualmente grave, sólo que ellos tuvieron el pudor de no decirlo, por temor a perder el cargo.

Es que el problema no fue Castillo, Ades o Ademu sino Tabaré Vázquez, o en todo caso, Vázquez y la interna frentista. El presidente se apuró a reaccionar, recurrió a un decreto ilegal, fue desacatado y enfrentado por sus propios compañeros y dio marcha atrás sin obtener nada a cambio. Demasiados errores para un gobernante que prometía cambiar el ADN de la educación, por no hablar de los árboles arrancados de raíz. En la Enseñanza Pública, al menos, los viejos troncos siguen gobernando las aulas.

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