El verso de la gestión sin ideología o valores

Por Pablo Mieres. Cada tanto vuelve a instalarse en el debate político la idea de que gobernar es básicamente gestionar bien y que para ello no es necesario poseer una posición ideológica, ni enredarse en una discusión sobre valores o principios políticos. Se contrapone la lógica de la gestión contra la lógica de la ideología política.

La idea es atractiva y va acompañada de una negación enérgica de los rótulos de izquierda y derecha, se sostiene que la verdadera opción consiste en actuar con eficacia y eficiencia, alcanzando los objetivos y manejando los recursos para maximizar los resultados positivos o exitosos. Desde esta perspectiva, gobernar es equivalente a gestionar exitosamente y alcanzar las metas u objetivos establecidos.

Pues bien, esta forma de razonar es muy seductora y genera atracción para muchos ciudadanos. Es fácil aceptar la idea de que no debemos estar presos de convicciones o, peor aún, prejuicios ideológicos que pueden afectar el logro de los resultados adecuados o correctos.

De hecho, en el recientemente finalizado periplo electoral hemos escuchado en varias oportunidades la defensa de esta tesis de gobierno. La cuestión es la gestión, la cuestión es gobernar bien, la cuestión es actuar con eficacia, realizar un adecuado balance entre el uso de los recursos y el logro de los resultados correspondientes.

En un tiempo en que se cuestionan los grandes relatos o se desconfía de las propuestas ideológicas, el atajo de la posibilidad de gestionar lisa y llanamente engancha fácilmente con la decepción ciudadana con respecto a gestiones gubernamentales fallidas, insatisfactorias o ineficaces.

Lo que pasa es que el razonamiento tiene fundamentos correctos. Efectivamente, los ciudadanos deben reclamar y exigir a sus gobernantes que actúen con eficacia, que alcancen los objetivos formulados y que usen los recursos con austeridad aplicando adecuadamente los mismos en relación a las finalidades existentes.

Ciertamente, existen gobiernos que despilfarran, hacen mal uso de los recursos, actúan en forma ineficaz o ineficiente y gastan mucho más de lo necesario. Hay muchos ejemplos de amiguismo, clientelismo y politiquería, también existen gobiernos que prometen y formulan objetivos pero luego no cumplen con lo prometido.

Por cierto que estas formas de gobernar son rechazables y cuestionables; sin embargo no alcanza con prometer una gestión correcta y adecuada. Es más, eso es una condición necesaria, diríamos imprescindible, para gobernar, pero absolutamente insuficiente.

En efecto, gestionar bien no alcanza, ni resuelve el ineludible dilema de qué valores o principios elegimos como metas de un gobierno. La buena gestión, lisa y llanamente, es un requisito necesario e imprescindible que se le debería exigir a cualquier gobierno, pero el que crea que gestionar bien resuelve todo, se equivoca o quiere engañar a los ciudadanos con un espejismo.

En efecto, las metas, los objetivos, la definición de los criterios para adjudicar los recursos, la definición de prioridades y la elección de qué áreas de gobierno se privilegian en una decisión que inevitablemente implica resolver dónde se aplican recursos que siempre son escasos o insuficientes, es ineludible y es sustancialmente una cuestión de principios, valores e ideas.

La ideología de que la gestión alcanza para definir un buen gobierno, además de falsa, es como una máquina sin cabeza. Se puede y se debe gestionar bien, se debe castigar a los gobiernos que no lo hacen, pero la alternativa no es simplemente prometer buena gestión porque oculta que siempre existen opciones valorativas que obligan a elegir.

Por ejemplo, se pueden llevar adelante políticas y programas sociales bien o mal, con mayor o menor eficacia, con mejor aprovechamiento o con despilfarro de los recursos.

Hasta ahí llega la gestión; pero la buena gestión no alcanza para resolver qué tipo de políticas sociales se impulsan, a qué sectores sociales se prioriza, de qué manera se llevarán a cabo las acciones, cómo se eligen los beneficiarios y tantas otras cuestiones que, inevitablemente, son resultado de opciones de valor sobre qué tipo de sociedad queremos.

En general los que reivindican la supremacía de la gestión quieren evitar un debate político o ideológico y tratan de evitar la discusión sobre quienes son conservadores o progresistas. En general, los que reivindican la supremacía de la gestión quieren evitar ser calificados como políticos de derecha.

Pero lo cierto es que el debate de valores e ideas políticas es el que define los contenidos sustanciales a los que debe estar subordinada la buena gestión. Este es el nivel central de la disputa política. No hay que engañarse, el que vende gestión simplemente es porque no quiere un debate político en serio.

Gestionar bien es obligatorio, pero no alcanza. Además hay que tener ideas concretas sobre qué tipo de sociedad queremos construir y, desde que el mundo es mundo, esa cuestión es la verdaderamente insustituible.

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