El paro general del PIT – CNT y la realidad nacional

Por Pablo Mieres. El paro general convocado por el movimiento sindical para el pasado 6 de agosto tuvo un alto nivel de acatamiento. La jornada, ayudada por el clima, mostró un país con niveles de actividad propios de un domingo o feriado.

Es cierto que los paros generales tienen siempre garantizada la ausencia de servicios de transporte público, la ausencia de clases en la enseñanza pública y el cierre de la actividad bancaria, estos tres componentes aseguran una fuerte merma de la actividad ordinaria de un día hábil.

Sin embargo, en este caso, la sensación de paralización de actividades fue bastante más importante que la verificada en los últimos tiempos. Por esa razón los dirigentes del PIT-CNT se mostraron particularmente satisfechos con su resultado.

La central sindical impulsó esta medida como una manera de mostrar su fuerza justo en el momento previo de los dos debates que definirán la evolución futura del salario de buena parte de los trabajadores públicos y privados por los próximos años.

En efecto, el 31 de agosto ingresará al Parlamento el proyecto de ley de Presupuesto Nacional que, entre otras cosas, fija las pautas salariales de los funcionarios públicos por la vía de las previsiones presupuestales del quinquenio; y simultáneamente acaban de iniciarse las negociaciones en los Consejos de Salarios de buena parte de los sectores de la actividad privada que determinarán los niveles salariales por los próximos dos o tres años.

Desde este punto de vista es más que entendible que el movimiento sindical despliegue su máxima expresión de fuerzas, en la medida que lo que ocurrirá en esos dos escenarios tendrá una importancia primordial en la definición de los niveles de remuneración de sus representados.

Algún día deberíamos dar una profunda discusión sobre las medidas de paro de actividades que impulsan los sindicatos uruguayos. Tenemos la sensación de que en muchos sectores de actividad, particularmente en la educación, se utiliza este recurso que es de los más fuertes que se pueden usar, con poco sentido de la proporcionalidad entre las reivindicaciones planteadas y la entidad de la medida de lucha. Pero este no es el caso.

Sin embargo, lo que preocupa es la interpretación de la realidad que hace el movimiento sindical de la situación del país y de sus perspectivas de mediano plazo. Más preocupa, aun, que esta interpretación sea compartida por ciertos sectores del partido de gobierno.

El movimiento sindical se niega a reconocer y admitir que ha habido un cambio sustancial de las condiciones en que se desenvuelve la economía nacional.

El marco económico internacional ha cambiado sustancialmente, cualquier analista lo reconoce. Se han reducido a la baja los precios internacionales de casi todos los productos que nuestro país vende en el mundo, el caso más dramático es el del sector lácteo, pero se extiende a todos los rubros de la agricultura. La demanda de los mercados más importantes del mundo, como el caso de China se ha enlentecido significativamente. La recuperación de la economía norteamericana indica que cada vez será más difícil mantener los niveles de captación de inversión extranjera directa. La región está en alerta roja debido a la ya extensa crisis de la economía argentina a la que se suma la situación muy grave tanto desde el punto de vista económico como institucional de Brasil y, con menos impacto en nuestro país, de Venezuela.

Las señales son más que evidentes y sus primeros efectos comienzan a mostrarse: la desocupación ha comenzado a aumentar, la actividad industrial está mostrando una tendencia a la baja, el déficit fiscal del Estado uruguayo (responsabilidad de un manejo equivocado del gobierno) no deja márgenes de maniobra y obliga a un presupuesto muy austero y cauteloso y los empujes inflacionarios cada vez son más difíciles de resistir.

Este cuadro obliga a que todos los actores mantengamos niveles de cautela y austeridad en el tránsito de los próximos años. Sin embargo, el discurso de los dirigentes sindicales parece no incorporar ninguna de estas señales y, por el contrario, se eligen algunos datos parciales que además se interpretan de manera antojadiza para reivindicar demandas que parecen estar ajenas a la nueva realidad.

Las próximas semanas permitirán constatar si se trata de un discurso de “acumulación de fuerzas” para estar en mejores condiciones de negociación o, por el contrario, se trata de una estrategia de confrontación que niega componentes ineludibles de la realidad. La interrogante se hace más relevante en la medida que este discurso y este posicionamiento no sólo alcanza al movimiento sindical sino que incluye a integrantes del propio partido de gobierno.

No se puede “jugar con fuego” sobre todo porque lo que está en juego, paradójicamente, es la calidad de vida de los ciudadanos, muchos de los cuales son los que el PIT-CNT pretende defender.

Una aceptación incondicional de las actuales demandas sindicales puede significar un verdadero “triunfo a lo Pirro”. “Pan para hoy y hambre para mañana”, apostando a recuperar salario pero perdiendo empleo y empujando la actividad económica y productiva a la baja, con las consiguientes consecuencias en la situación social y económica de las familias uruguayas.

No hay margen para el error.

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