El olor al poder es el pegamento más fuerte de un partido

Por Pablo Mieres. Hace unos cuantos años en un reportaje que le hicieron al Dr. Ignacio De Posadas en el diario El País, dijo una frase muy sugestiva, era más o menos: “el olor al poder es el pegamento más fuerte que tiene un partido”.

Era una afirmación objetiva, una constatación en el sentido de que los dirigentes y sectores de un partido pueden estar dispuestos a sacrificar posiciones, ideas o propuestas, “fumarse diferencias enormes”, “bancar cualquier cosa” con tal de mantener una unidad que les asegure el ejercicio o la mantención de espacios de poder.

Algo parecido a una frase que bien podía resumir la lógica de funcionamiento de los partidos tradicionales de nuestro país en sus “viejos y buenos tiempos”: “dentro del partido todo, fuera del partido nada”. Es decir que todo vale dentro de los límites partidarios, pero ojo con arriesgar la unidad, porque el costo de ella es la derrota electoral.

Es la contracara de la fortaleza de los partidos políticos uruguayos. Nos vanagloriamos de tener un país con partidos fuertes, estables, de larguísima duración que son, en cierta medida, la garantía de la estabilidad democrática.

Pero su contracara es la enorme diversidad interna que habilita contradicciones y diferencias políticas, programáticas e ideológicas que alcanzan, muchas veces, dimensiones dramáticas y enormes. Y eso no es gratis.

Las contradicciones internas son reales, efectivas y refieren a asuntos concretos que después tienen que ver con decisiones que afectan la vida de las personas y de la sociedad en su conjunto.

Así eran las viejas épocas de predominio de blancos y colorados.

En un mismo partido convivían los batllistas de Don Pepe y sus seguidores, representantes genuinos de las formulaciones socialdemócratas más avanzadas del siglo XX, junto a representantes conspicuos de los intereses más conservadores enquistados en el viejo riverismo y, posteriormente, en el terrismo. Da igual, a la hora de votar, todos sumaban bajo el lema del Partido Colorado y con eso ganaban elecciones y gobernaban el país.
Más adelante en el tiempo sumando las listas 14 y 15 en fuerte confrontación que no era baladí. Y en el declive de la democracia, los batllistas más progresistas sumaban con el pachequismo autoritario.

Lo mismo en la vereda de enfrente, entre herreristas y nacionalistas independientes. Electoralmente divididos quedaron alejados del poder, se unieron para llegar, al costo de reeditar diferencias tan amplias como las que separaban a comienzos de los sesenta a Fernández Crespo de Benito Nardone o Martín Etchegoyen.

También más adelante en el tiempo, en el declive de la democracia, permitieron sumar votos la opción de Wilson Ferreira con su espíritu de transformación social y cambio moderno junto al general golpista, Mario Aguerrondo.

El objetivo era ganar y mantener el poder. “El olor a poder es el pegamento más fuerte que tiene un partido”. La izquierda de aquella época cuestionaba agriamente esta realidad señalando con toda razón la profunda incoherencia y la “trampa mortal” que esta forma de esconder o amañar las diferencias significaba para los ciudadanos que votaban una cosa pero terminaban apoyando otras.

Pues bien, ha pasado el tiempo y las distribuciones electorales han cambiado. Pero cuando uno observa el funcionamiento del nuevo partido mayoritario, ahora en el poder, ocurre lo mismo que antes.

El Frente Amplio muestra un día tras otro, en un tema tras otro, las enormes diferencias existentes en los diferentes asuntos públicos. Socialdemócratas y populistas conviven y se soportan mirándose de reojo, porque sienten que necesitan sostener la alianza para retener el poder. Unos reclamando el giro a la izquierda, otros ofreciendo garantías de sensatez y estabilidad.

En todos los temas. El FONDES o el ANTEL Arena; el apoyo al autoritarismo en Venezuela o la defensa de la democracia; la apertura al mundo para que el país crezca o el encierro ideológico con “los nuestros” y el nuevo demonio del TISA.

En cualquier tema saltan las diferencias, acompañadas de la confrontación directa entre sectores con diferencias cada vez más indisimulables que, sin embargo, se bancan para sumar y mantener el ejercicio del poder. Los tiempos de bonanza favorecieron y permitieron manejarse, repartiendo para que cada cual hiciera su juego.

Pero unos y otros resolvieron “barrer debajo de la alfombra” y evitar el ejercicio del control institucional, apoyados en una mayoría absoluta ajustada, pero muy conveniente para que nadie sufriera consecuencia alguna. Todo ello acompañado de la debida liturgia unitaria, cada vez menos sustancial.

Sin embargo, en los viejos tiempos hubo quienes fueron capaces de rebelarse ante el “irresistible aroma del poder” y, tomando decisiones difíciles y valientes, fueron los abanderados de cambios políticos que prohijaron una forma coherente de hacer política.
Tenemos la esperanza de que llegará el tiempo en que la coherencia política y la prioridad de qué es lo que hay que hacer para el mejor destino del país, se imponga por encima del cálculo pequeño y permita aflojar el triste “pegamento del poder”.

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