El gatopardo y la educación

Por Fulvio Gutiérrez. El Gatopardo es una de las obras de arte cinematográfico del cine europeo estrenada en el año 1963, con la dirección del fenomenal Luchino Visconti, y la actuación de Burt Lancaster, Alain Delon y Claudia Cardinale. Basada en la novela homónima de Giusepe Tomasi di Lampedusa, el largometraje muestra la vida de Don Fabrizio, Principe de Salina y de su familia, que se ve profundamente alterada cuando Sicilia es invadida por las tropas de Garibaldi, y todos van a refugiarse en la casa de campo del príncipe. Ante la impotencia de resistir al cambio que se venía con el nuevo régimen, y que acarreaba la pérdida de todos sus privilegios nobiliarios, Don Fabrizio decide “acomodar el cuerpo” a la nueva situación, y resume esa postura en una famosa frase que quedó gravada para la historia: “Bah! Tratativas pespunteadas de tiroteos inocuos, y, después, todo será igual, pese a que todo habrá cambiado”. “…Una de esas batallas que se libran para que todo siga como está”. En buen romance, “vamos a cambiar para que todo siga como está”.

La dichosa frase y su innegable significado, viene como anillo al dedo a la política educativa del gobierno frentista, que ha quedado claramente lesionada con los sucesos ocurridos en la pasada semana.

El absurdo eslogan del “cambio del ADN educativo”, además de absurdo es mentiroso. Científicamente, el ADN es una molécula que contiene la información hereditaria a través de la cual se trasmiten las características de cada ser vivo de una generación a otra. Por lo tanto, el ADN no es para cambiar, sino para trasmitir lo mismo de hoy hacia el pasado. Por eso lo del Gatopardo, vamos a cambiar pero para que todo siga como está. O lo que es lo mismo, en esencia, nada va a cambiar.

Pero además, el eslogan es mentiroso, porque lo que todos imaginamos es que la decisión del gobierno pretende cambiar nuestro sistema educativo, atacar la esencia misma de lo que hoy tenemos en primaria y secundaria, para transformarlo porque está perimido, fuera de época, desactualizado, inocuo, ajeno a una nueva realidad, no ajustado a un futuro innovador, y a paradigmas que ya son realidad en los países más avanzados en educación que hoy sirven de ejemplo al mundo todo. Y la verdad es que no es así.

Pero ese error garrafal en el eslogan utilizado por el gobierno, no sería de cuidado, sino fuera por los hechos que se precipitaron la pasada semana.

El Subsecretario del Ministerio de Educación y Cultura –es decir el No.2 del Ministerio- Fernando Filgueira, y el Director Nacional de Educación del mismo Ministerio –el No.3- Juan Pedro Mir renunciaron a sus cargos, obviamente presionados ante opiniones de ambos que se hicieron públicas, y que disgustaron al presidente Vázquez. Pero aclaremos; no lo disgustaron porque fueran contrarias a los cambios que se pretende imponer, ya que ellos mismos fueron los autores de la reforma proyectada que contó con el asentimiento presidencial en la campaña electoral. Lo disgustaron porque señalaron públicamente que de seguir así las cosas, ellos no ven que se estén dando las más elementales condiciones para que la reforma siquiera se empiece a implantar. Pero por si esto fuera poco, tampoco hay unanimidad de opiniones en la proyectada reforma, al punto que se constata una firme oposición en algunos de sus aspectos. El proyectado “marco curricular común” que generaría coherencia didáctica, pedagógica y curricular para alumnos de 3 a 17 años, tiene la firme oposición del presidente de ANEP Nelson Netto; el “fortalecimiento de los centros educativos”, a los cuales se otorgaría cierta autonomía de gestión, ya estaba implantado en el Plan ProMejora, que fue cesado; la “elección de horas por dos años”, cuenta con la firme oposición de los sindicatos; la promesa de “darle carácter universitario a la formación docente”, sufrió una primera amputación cuando no se concretó la creación de la Universidad de la Educación, y la idea de que docentes universitarios colaboren en la formación de los alumnos del IPA es muy relativa, pues tenemos dudas en cuanto a la preparación de estos docentes para proyectar un nuevo sistema de enseñanza a nivel secundario; y el reiterado “6% para la educación”, no tiene previsión presupuestal en este momento, pues se llegaría solo al 4,7%, sin perjuicio de que se discute si ese porcentaje debe ser para ANEP y UDELAR solo, o se incluiría a la enseñanza militar, policial y Plan Ceibal.

En síntesis, estamos ante un “gatopardo” educativo y de eso no hay la más mínima duda. Por favor: ¡si la idea es cambiar, pues entonces de una vez por todas den una señal de cambio en serio!

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