“El exilio no me salió gratis”

20151209_110130William Quinteros es un uruguayo que vivió muchos años en el exilio en Noruega. Tiene un pie en cada mundo y trabaja denodadamente en tratar de hacernos entender que el uruguayo que tuvo que dejar su país, es tan uruguayo como el que se quedó.

– Más allá de lo que establece nuestra Constitución, ¿por qué debemos seguir considerando uruguayos a aquellos compatriotas que hace años viven en el exterior?
– Este es un tema que nos ha preocupado durante mucho tiempo y que creemos que nos estamos acercando a algún tipo de solución. Para contestar su pregunta debo comenzar por cuestiones conceptuales básicas. Uno de los castigos más fuerte en la antigua Grecia no era la pena de muerte, era el destierro. En nuestras tradiciones hispánicas, cuando iba a clases de Literatura en el liceo recuerdo que uno de los libros que estudiábamos era el del Mío Cid, que fue condenado al destierro. Esa misma palabra, des-tierro, le está diciendo muchas cosas. Es decir, no se trata de un terrón de tierra, se trata del lugar donde se está afincado, donde echas las raíces. Por eso hablamos de des-arraigo, es decir, perder raíces.

Uruguay, país que fue receptor de grandes emigraciones a finales del 1800 y comienzos del 1900, se vio en una extraña situación, la del exilio o destierro de miles y miles de ciudadanos uruguayos. Tomé plena conciencia de eso hace ya muchos años cuando llegué al país en uno de esos viajes míos de visita después de haber vivido ya unos cuantos años fuera, y me encontré con una canción de carnaval de Jaime Roos, que decía que “ahora tiene colachata, alfombra y calefacción. Parece cosa de locos, le va cada vez peor” (“Los Olímpicos”). Y es eso lo que vi y experimenté en el exilio. Personalmente fui un privilegiado, no pasé por esos dramas, pero como funcionario de un gobierno extranjero, como el noruego, trabajando en la parte de emigraciones, me encontraba a cada paso con este tipo de tragedia.

El exilio o destierro uruguayo tiene características muy especiales, porque Uruguay es un país especial en el continente, que se distinguía por ser muy poco latinoamericano. Uruguay era un país que vivió y creció mirando hacia Europa, esto de alguna forma tiene su aspecto negativo porque era un país que vivía de espalda a su propio territorio. Estábamos todos en Montevideo mirando hacia el mar y de espaldas al resto del interior del país. Eso también de alguna forma genera un tipo de mentalidad, esa especie de dependencia cultural que se genera con el resto del mundo y especialmente con Europa.

– Sin embargo, parece que tenemos mayor influencia de Argentina o de Brasil según en qué frontera vivamos.
– Bueno, hablando con mi esposa, que es noruega, me dice que los uruguayos estamos partido al medio, “unos son argentinos y los otros son brasileros” (risas). Y es así, algunos tienen el corazón en Brasil y otros en Argentina. Esto llevó a una realidad que hoy tenemos frente a nosotros y que no podemos desconocer y que el gobierno no puede cerrar los ojos, la ciudad más grande de Uruguay es Buenos Aires después de Montevideo, porque es donde existe la mayor cantidad de uruguayos…

– ¿Cuántos uruguayos hay afuera?
– Calculo que unos 600 mil. En los lugares más extraños siempre te encontrás con un uruguayo. Ahora no tanto, pero hasta hace poco hablar de Uruguay en el mundo casi todos te miraban raro, incluso en las aduanas. A mí me tocó pasar una vez la aduana entre Suecia y Polonia, muestro el pasaporte uruguayo y el hombre me dice, “¿y esto, qué es?” (risas), tuvo que ir a un libro a ver qué era Uruguay. Es decir, Uruguay es un país reconocido en el mundo, pero estos 600 mil que salieron del país pusieron a Uruguay en la agenda mundial.

– Estos uruguayos se fueron del país, ¿pero siguen estando?
– Están y siempre estuvieron. Es decir, que se fueron del país es una forma de decirlo. Lo interesante es que recién ahora está tomando forma una conciencia de que esos 600 mil uruguayos que viven en el exterior pueden ser un recurso para el país.

– ¿De qué manera?
– Cuando asume el primer gobierno del Frente Amplio, muchos de los que se habían alejado del país por razones políticas, plantearon el deseo de volver, ya no existían motivos para seguir viviendo en el exterior para llevar una vida bastante dolorosa de la vida en el extranjero. Fue así que surgió el Departamento 20 en Cancillería…

– Antes de eso ocurrió un hecho que hace poco cumplió 30 años, durante el primer gobierno de Sanguinetti a la salida de la dictadura, cuando se formó una comisión dirigida por el entonces diputado colorado Víctor Vaillant, que trajo a hijos de exiliados para que pudiesen conocer a familiares que habían quedado en Uruguay. Fue muy emotivo.
– Muchos de esos niños ni siquiera conocían a sus familiares, sumado a otro drama, algunos no sabían hablar español. A eso hay que agregar el regreso de los cantores populares, era apoteótico, eran manifestaciones. Eso da la pauta que la gente nunca se fue del todo. Lo interesante, además de esto, es que la gente que se fue, en la medida de lo posible siguió colaborando con el país, no se olvide que las remesas que llegaban del exterior fueron importantísimas en los momentos más duros que vivimos, como en la crisis de 2002.

– Y que en muchos casos, siguen enviando…
– Por supuesto. Quizás hoy la situación en Europa haya hecho que sea más complicado, la prueba está que hoy tenemos colas para volverse a Uruguay porque ya en España no se puede vivir. Pero las remesas fueron un aporte importante en aquellos momentos de crisis. Los aportes que se han hecho desde Noruega a Uruguay han sido enormes.

– Lo interrumpí cuando hacía referencia a la creación del Departamento 20.
– Le decía que fue un buen intento que ahora está tomando otros caminos, por suerte.

– ¿Por qué?
– Porque en el 2008 se crea por decreto los Consejos Consultivos, que no son otra cosa que la organización de los uruguayos que viven en el exterior en nexo con nuestras representaciones diplomáticas, que paradojalmente, tenían muy poco contacto con la población uruguaya, y en algunos casos, ni sabían cuántos uruguayos existían en ese país ni tenían servicios de ningún tipo. Por suerte esto se está tratando de hacer en estos momentos. Del 7 al 11 de diciembre se hizo la primera reunión mundial de los Consejos Consultivos, donde se plantearon varias cosas, por ejemplo, agilitar los temas de nacionalización. En nuestro país la legislación prevé que los hijos de uruguayos, nazcan donde nazcan, son uruguayos. Pero yo me encontré con una burocracia y unas trabas para nacionalizar a mis hijos que te quitan las ganas de hacerlo, y eso no debería ser así. Tengo que venir al país a hacer esos trámites, me piden un sello o un papel y no entienden que Noruega está a 15 mil kilómetros y no puedo ir y volver a cada rato. Ese trámite debería poder hacerse en las embajadas. Esto se estuvo discutiendo ahora.

– ¿Por qué piensa que para los uruguayos que no nos fuimos, miramos con recelo a los uruguayos que tuvieron que irse?
– Yo volví a Uruguay porque mi corazón me decía que tenía que volver, y reconozco que en los primeros tiempos fue duro, a cada minuto me pasaban la cuenta. Me decían, “como te fuiste para allá no sabés cómo pasamos acá”. En parte los entiendo, los uruguayos que se quedaron sufrieron mucho, tuvieron que aguantar la dictadura militar y el miedo de ser detenidos, que no era poco, aparte de las carencias económicas y las crisis. Los entiendo porque de repente nos ven a nosotros como a desertores, que en realidad no era así, nadie se fue de puro gusto. Y después existe lo otro, que es un poco una enfermedad endémica del uruguayo, la envidia. No aguantamos que al vecino le vaya bien, es triste pero es así. Por eso digo que cuando volví, me pasó lo que le pasa a todos los uruguayos que regresan, tenía que tener mucho cuidado cuando abría la boca, porque enseguida te decían, “como venís de afuera te crees que acá todo es fácil”. Yo les reconozco en parte ese derecho, pero lo que no les reconozco en absoluto es que me nieguen mi derecho a ser uruguayo. A mí el exilio no me salió gratis

Todos los que pasamos por la cárcel desde el año 72 para adelante, nos quitaron la nacionalidad y el derecho a voto como a todos los que nos fuimos. Pero ahora estamos en otra situación, muy distinta. Hace 30 años que volvimos a la democracia, sin embargo, somos el único país del mundo que sigue negando el derecho al voto a los uruguayos cuando este derecho está consagrado en la Constitución de la República, y no solo que está consagrado como un derecho sino que está decretado como obligatorio. Esta es una situación muy paradojal e inadmisible que no se tomen medidas al respecto. A ver, no me interesa lo que vota la gente en el exterior, si me interesa que elija y que vote…

– ¿Por qué?
– Porque eso te une y te compromete más al país. Esto es bastante importante si queremos ver a los 600 mil uruguayos repartidos en el mundo como un recurso para el país, que podrían ser usados de mil formas distintas. De hecho estos 600 mil uruguayos que están repartidos por el mundo, le han dado un rostro al país en el exterior.

– ¿Cómo debemos entonces considerar al uruguayo que vive en el exterior?
– Como a un recurso, lo estamos desaprovechando, eso es el lujo de la pobreza. Y desde el momento que le otorguemos el derecho a votar de forma consular o epistolar, estaremos atando a ese uruguayo más al país. Aparte, tenemos que ir creando los mecanismos para que esa gente pueda volver cuando quiera, porque en este momento no es fácil volver de Europa, tenemos un drama con la gente que se ha venido empujada por la crisis europea y que la está pasando mal en Uruguay, porque no tenemos una forma de recepción de esa gente ni mecanismos para reintegrarlos a la sociedad en este momento.

Tenemos técnicos, investigadores, por miles en el exterior que podrían hacer aportes invalorables para el país, y sin embargo, no los usamos. Se fueron del país buscando mejores sueldos, y viajan con una falsa imagen. Decía mi abuela, “siempre es más verde del otro lado de la cerca”, no es cierto, y les pido a mis compatriotas que lo piensen dos veces antes de abandonar el país. Se podrá tener un sueldo mejor, las condiciones en Uruguay son muy duras, lo reconozco, pero está en lo suyo, aquí nadie le va a quitar el derecho al pataleo. El día que abandonás el país pasás a ser un extranjero y tenés que aceptar las reglas de otro país sin protestar. Por eso hay que pensarlo dos veces, no siempre la mejor solución es abandonar el país.

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