Cómo mataron mi pasión

Por Daniel Chasquetti. Suelo escribir sobre temas políticos pero hoy quiero hablar de fútbol y en particular de Peñarol.

Soy hincha de Peñarol de toda la vida. Como a la mayoría, mi viejo me llevó al estadio desde niño. Crecí viendo los goles de Morena. Dos veces vi a Peñarol coronarse campeón de América y una vez la Intercontinental. Disfruté el quinquenio e innumerables veces festejé campeonatos uruguayos, liguillas, etc. Me encantaba cargar a mis amigos hinchas de Nacional y soportaba con hidalguía las bromas cuando perdíamos. Siempre me sentí orgulloso y agradecido con mi equipo. Sin embargo, desde hace algunos años, han comenzado a surgir una serie de episodios, situaciones, sucesos, que terminaro por distanciarme del fútbol y a enfriar mi pasión por mi amado equipo. Hoy casi no voy al estadio y me refugio en casa a ver los partidos por televisión.

El primer paso atrás supuso abandonar la tribuna a la cual fui toda mi vida porque quedó en manos de la barra brava. La Ámsterdam se transformó en una zona liberada donde predomina un comportamiento y una forma de sentir que jamás podría compartir. Allí es más importante cantar de espaldas a la cancha o insultar al contario con cantos violentos, que prestar atención al juego y disfrutar del espectáculo. En lugar de aplaudir las jugadas hermosas se festejan las patadas y bravuconadas contra el adversario. Los ídolos suelen ser los jugadores picapedreros y matones. Si bien a esta tribuna concurren muchas personas inofensivas (en su mayoría jóvenes), la cultura lumpen dominante impone comportamientos y una forma de entender el juego que reniega de los fundamentos clásicos del fútbol uruguayo. Lentamente, el clima impuesto en la Ámsterdam se extendió al resto del estadio. Espectadores que concurren pacíficamente a otras tribunas, terminan aceptando y compartiendo los ritos, cantos ofensivos y apologías del delito que realiza la barra brava. La cultura lumpen se quedó con la tribuna, se quedó con el espectáculo y también con las mentes de los otros espectadores.

A esto se agregó la bastardización de la camiseta. La misma casaca que muchos añorábamos cuando éramos niños (se la pedíamos a los reyes o nos la regalaban en nuestro cumpleaños) comenzó a ser utilizada, tal cual sucede en otras partes del mundo, como vestimenta oficial del hincha. El problema en el caso de Peñarol es que la camiseta quedó en manos de la cultura lumpen, que la usa para ir al estadio pero también para deambular por allí pidiendo dinero para el vino, la entrada, o para la necesidad inmediata que se deseé satisfacer. Una vecina me dijo el otro día, que cuando ve a alguien con una camiseta de Peñarol, cruza de acera por temor a ser asaltada. Una situación muy ilustrativa de cómo el fenómeno terminó por desbordar los marcos del fútbol

Los sociólogos tienen buenas explicaciones sobre el fenómeno de las barras bravas basadas casi siempre en factores estructurales como la delincuencia, el narcotráfico o la exclusión sociocultural. No obstante, según mi percepción, en Uruguay estas tendencias se desarrollaron a gran velocidad sin que nadie haya hecho nada para evitarlas. En los últimos diez años, he visto cientos de entrevistas donde los dirigentes manifestaban su deseo de combatir y extirpar el problema del fútbol, pero todo sigue igual. Algunos entendidos creen que son los propios dirigentes los verdaderos responsables de esta situación porque en algún momento en el pasado, ellos incentivaron y financiaron el desarrollo de esas barras bravas. Yo no lo tengo tan claro pero reconozco que hay bastante evidencia que respalda esa afirmación. Mientras tanto, nuestra pasión por el cuadro de nuestros amores, comienza a debilitarse más y más.

Lo ocurrido el domingo bate todos los records. Los dueños de la Ámsterdam ni siquiera percibieron que la tarde ofrecía condiciones para que Peñarol pudiese concretar una nueva hazaña, jugando con diez jugadores una final con alargue. Pero no fue así. Aprovecharon la ocasión para enfrentarse con la policía, romper el estadio una vez más, y hacer perder al club toda chance de triunfo. Es decepcionante y no queda otra que sentir impotencia.

Dada la falta de reacción de la opinión pública peñoralense y la escasa voluntad de sus dirigentes por cambiar esto, creo que avecinan años muy oscuros para el club. Duele, pero todo parece haber sido gando por esa ola lumpen. Ojalá alguien se ilumine y encuentre una salida antes de que sea tarde…

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