Buenos vecinos

Por Gerardo Sotelo. El pasado 29 de mayo, dos vecinos que viven en jurisdicción de la Comisaría 25, participaron en la primera conferencia de Justicia Restaurativa llevada a cabo en Uruguay por el Ministerio del Interior.

El conflicto considerado había generado amenazas y denuncias, pero al no tener connotaciones penales relevantes, fue manejado por policías mediadores que trabajaron junto a los vecinos. Esta práctica, conocida como “justicia restaurativa”, cuenta con una demostrada efectividad y es impulsada desde el 2013 como un proyecto piloto, en tres seccionales de Policía de Montevideo.

El barrio es un escenario compartido y por eso es frecuente que buena parte de los conflictos respondan a la percepción de que existen intereses contrapuestos. En un contexto de cercanía, las emociones y relaciones interpersonales pueden potenciar la escalada de un conflicto. La mediación ayuda a morigerar las emociones y a mejorar la comunicación. De hecho, la mediación es, básicamente, un proceso de comunicación e influencia, que favorece el cambio de actitud, así como la superación de prejuicios e imágenes negativas entre las partes.

Por esta vía se evita la judicialización innecesaria (y muchas veces, inconducente), se promueve el crecimiento personal y grupal, fortaleciendo la autoestima y la utilidad de los vínculos, la organización y el diálogo como herramientas aptas para superar conflictos. Pero más que todo, la experiencia puede convertirse en una alternativa a la cultura de la violencia, al revelarse como un método eficaz e integrador de las diversas opiniones y preferencias personales. En barrios y contextos sociales en los que la apelación a la violencia goza de cierto prestigio y legitimación, esta forma de resolución pacífica de los conflictos puede tener fuertes implicancias pedagógicas.

Los conflictos entre las personas y los grupos son inevitables, más aún en sociedades complejas, en las que la vida de las personas se vuelve crecientemente interdependiente. La mediación ofrece una vía para evitar enfrentamientos destructivos. Sería deseable que una experiencia como esta no termine siendo víctima de la indiferencia, el escepticismo, o las luchas políticas. Por el contrario, otras jurisdicciones departamentales e institucionales deberían tomar ejemplo y aprender de la experiencia acumulada a nivel internacional.

Quizás alguien pretenda contraponer sus (por ahora) modestos alcances con los serios problemas de seguridad que sufre de Montevideo. Sería un recurso desencaminado.

Si alguna chance tenemos de encontrar una solución de fondo a la violencia delictiva, es atacar la conducta violenta allí donde surge, que no es en la mampara blindada del local de pagos sino en el ámbito interpersonal menos institucionalizado, como el familiar o barrial. Si la experiencia se replica y fortalece, muchas personas pacíficas que conviven en ambientes controlados por el discurso y la acción de los violentos, encontrarán más herramientas y legitimidad.

Por cierto, la mediación entre vecinos no es lo único que necesitamos los montevideanos para volver a vivir en paz pero las experiencias de este tipo están llamadas a constituir una herramienta importante en el restablecimiento del respeto a la ley y la convivencia pacífica, llenando un espacio desatendido por las instituciones y competencias tradicionales del Estado.

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