Amodio y yo, vergüenza y frustración

gabriel y amodioPor Gabriel Pereyra (*) En 2013 volé a Madrid para entrevistarme con el extupamaro Héctor Amodio Pérez. Las vueltas de la vida me habían puesto en el lugar en el que habían querido estar generaciones enteras de periodistas.

Quizá por eso, a pesar de mis tres décadas detrás de la información, llegaba yo a esa nota con la ansiedad del principiante y la esperanza de, al menos, atisbar un secreto guardado por 40 años.

Los días que siguieron a las tres jornadas en las que entrevisté a Amodio Pérez para el diario El Observador y para el canal VTV fueron de profunda frustración profesional, de íntima vergüenza personal por mi ignorancia sobre la condición humana y de un inesperado baño de humildad por haber formado parte del redil que creyó en la mentira oficial y, con esa creencia, haber alimentado el falso mito. Buena parte de la esperanza con la que llegaba a aquella nota, el entusiasmo, las aspiraciones de alcanzar algún grado de verosimilitud histórica, estaban basadas, me di cuenta en el mismo momento en que Amodio se defendía de mis señalamientos, en una relativización de la condición humana y en la inocencia de haber creído una historia relatada por un grupo de los mayores fabuladores que reconozca la historia nacional: los líderes tupamaros y sus voceros.

Al final, cargando con varias cintas de audio y video donde estaba registrada la imagen y la voz de lo que presuntamente supo ser una leyenda viviente, lo primero que concluí fue que ese veterano que me trató con tanta deferencia no había salido del olvido al que lo había sometido la historia para echar luz sobre un capítulo clave en esa historia del país que le tocó protagonizar, sino que, como cualquier humano hubiese hecho sin importar sus actos, lo que quería era salvarse él. ¿Qué otra cosa se podía esperar?

Es cierto que en su defensa contribuyó a echar luz sobre una sarta de mentiras que se habían construido en su entorno. Y fue dejando en evidencia que ese mito en el que contra su voluntad se había convertido no era más que una suma de falsedades que, al menos yo, había comprado a unos presuntos revolucionarios que terminaron siendo una banda de irresponsables cuyo accionar costó la vida a decenas, sin sentido ni razón. Para justificar eso ¿valía cargarle las tintas a un traidor aunque la imagen de ese traidor fuera por momentos más legendaria que las presuntas historias luminosas de la revolución? Me avergüenza no haberlo visto antes.

Iba a haber patria para todos o para nadie, pero cuando se le vieron las orejas al lobo cada cual trató de salvarse como pudo. Unos huyendo y otros, como el actual ministro de Defensa Fernández Huidobro y sus seguidores, entrando y saliendo de los cuarteles (marcando a los que se reunían con él afuera), tratando de que la locura que iba a hacer la guerrilla la hicieran también los militares, o sea, tirar la democracia. Y luego, un fabulador como Huidobro, un mentiroso compulsivo, nos lo pintó en colores.

Y con semejante pintura marché yo a España. La idea de un traidor omnipotente no encajaba ni en una película clase C. Pero con esa mentira se construyó el mito. Por eso, luego que el mito apareció en escena, los fabuladores le hicieron el vacío. No era una manera de matarlo con la ignorancia, sino de salvarse con ella.

En medio de años de locura y de muerte, de ejecuciones de compañeros, de alianzas con la soldadesca a la que decían combatir, hubo una historia, apenas una más, en la que un hombre atormentado por las circunstancias, sabedor de que los que se decían compañeros te podían matar por la espalda, viendo que su mujer caía en manos de las bestias, tomó una decisión. ¿Ordenar papeles, señalar a uno o a tres? ¿Traición, un peón asesinado, un tupa ejecutado por otros tupas? Que alguien ordene los pecados como Amodio ordenó los papeles.

amodioLa amabilidad de colegas que me endilgan haber hecho una de las entrevistas más importantes del Uruguay posdictadura, los que me dicen que sumar la voz de Amodio completó el cuadro con un color que faltaba y que ese color permitió ensombrecer todo el resto, el reconocimiento personal en un país donde el elogio es pecado no han sido suficientes para atemperar la frustración que me dejó aquella nota y la sensación de credulidad que me llenó de una vergüenza que demoró en pasar.

Hoy, Amodio anda recorriendo juzgados, manoseado por algunos mandaderos de turno que saben que nada puede concluir en algo serio, gastando horas hombres del Estado en este desfile impúdico. Cuando el pequeño carnaval termine, Amodio volverá a España, sin la necesidad de cargar el cadáver de lo que nunca debió ser un mito, a vivir sus últimos años de vida como integrante de una estirpe que, más allá de sus intenciones, llenó de vergüenza la historia de este país. Una historia cuyos detalles, contra lo que dice lo políticamente correcto, se perderá en la memoria de las nuevas generaciones, infinitamente mejores que aquellas que nos llenaron de dolor, sangre y mitos falsos.

(*) Sensaciones del primer periodista que, tras 40 años de ausencia, habló con el exguerrillero.

(Fuente: El Observador)

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